
Por Mike Sain't Louis ·
Un atlas de manos en Planeta Gayfolk: cogidas, temblando, en los bolsillos y en la cabeza
Hay planetas que se cartografían por sus montañas y otros por sus ríos. El mío, creo, se podría dibujar entero con manos. No me había dado cuenta hasta que empecé a releer mis letras buscando otra cosa y las manos aparecían en todas partes: cogidas, señaladas, escondidas, temblando, puestas sobre la cabeza como quien se tapa de la lluvia. Esto no es un análisis ni una lista. Es un atlas pequeño, de láminas sueltas, para recorrer Planeta Gayfolk mirando solo hacia abajo, hacia los dedos.
Escribo las letras, compongo y produzco; la música y la interpretación vocal de estas canciones se hicieron con IA. Las manos, en cambio, las puse yo en el papel, una por una, casi siempre sin saber que las estaba poniendo.
Cómo se mira este atlas
Un atlas de verdad se abre por cualquier página. Este también. No hay que leerlo de corrido ni sacar conclusiones. Cada lámina es una mano distinta, sacada de una canción o de un videoclip, y lo único que tienen en común es que pertenecen al mismo planeta.
He dejado fuera a propósito muchas otras: las que dan bofetadas, las que firman contratos, las que cierran puertas. También existen en mis canciones, pero este atlas lo he querido hacer con las manos que acarician, que tiemblan, que se buscan y que se curan. Es un atlas parcial, como lo son todos.
Lámina primera: dos viejitos
Empiezo por la más antigua de las imágenes, aunque sea la que llegó más tarde. En «Envejecer» hay una pregunta que vuelve cuatro veces, como un objeto que alguien se dejó en una casa y que uno se encuentra cada vez que abre un cajón:

¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?
La pregunta no es mía. Es una pregunta que me hicieron, y la canción la devuelve. Lo que me sigue conmoviendo de ese renglón no es el reproche, que lo hay, sino la escena que dibuja de paso: dos hombres muy mayores, con las manos arrugadas, caminando despacio por un paseo cualquiera, de la mano. Una escena que durante siglos no tuvo sitio en ningún cuadro, en ninguna postal, en ningún banco de parque.
Hay manos que prometen eso y luego se sueltan. La canción viene justo después de una frase que dice, letra a letra, que no se puede confiar en nadie nunca más. Y aun así, en mitad del enfado, se cuela esa imagen de dos viejitos, tan tierna que casi duele. Como si la canción no pudiera evitar quererla, aunque ya no fuera para quien la prometió.
Yo la sigo imaginando. Ya no con una cara concreta, sino como una especie de horizonte. Dos manos de ochenta años entrelazadas en un paseo marítimo. Si algún día llega, perfecto. Si no, la imagen ya existe, y eso es algo que nadie me puede quitar.
Lámina segunda: la mano que molesta
La segunda lámina es una calle. En «Tan cateto» dos hombres van de la mano y alguien se incomoda:
Que te molesta que vayamos de la mano
Y justo debajo, otra mano: la del que mira, con el dedo extendido, «de juez acusador». Es la misma calle, el mismo instante, y dos manos que hacen cosas opuestas. Una se enlaza; la otra apunta.
Me gusta pensar en lo pequeño que es el gesto que provoca tanto. Dos palmas tocándose, unos dedos que se cruzan. No hay beso, no hay escándalo, no hay nada que se pueda llamar exhibición. Solo la temperatura de otra mano en la tuya mientras cruzas un semáforo. Y aun así hay quien lo vive como una provocación.
La canción no se esconde. Lo repite, dos veces, como quien vuelve a agarrar la mano después de que alguien intentara separarla. Esa repetición es su forma de quedarse en la calle.
Lámina tercera: el temblor
La tercera lámina es la más íntima y la más difícil de mirar. En «Tu mendigo» hay dos renglones que separan con mucha precisión lo que importaba a uno y lo que le pasaba al otro:

Cuidabas la empresa pero no el temblor de mis manos.
Aquí las manos ya no se cogen. Tiemblan solas. Y el temblor es de esos que no se ven si no se mira, porque quien tiembla aprende a esconderlo debajo de la mesa, dentro de las mangas, apretando una taza con más fuerza de la necesaria.
Hay una forma de soledad que consiste exactamente en eso: estar al lado de alguien que se fija en todo menos en tus manos. En la empresa, en los números, en las apariencias. La canción no grita. Lo deja caer casi en un susurro de tinta, con un «pero» que pesa más que cualquier insulto.
Lo que me reconcilia con esa lámina es lo que viene después en la misma canción, cuando quien hablaba con las manos temblorosas deja claro que ya no piensa ser el saco de boxeo de nadie. El temblor no se ha ido del todo, pero ha cambiado de sitio. Ya no es miedo: es el pulso de alguien que se está levantando.
Sanar, a veces, se parece a esto. No a que las manos dejen de temblar de golpe, sino a que por fin alguien, aunque sea uno mismo, se fije en el temblor y le dé un sitio.
Lámina cuarta: los bolsillos
La cuarta lámina es una pista de baile. En «Me mola Zeus» hay alguien que baila mal y otro que lo sigue igual:
No tienes ni idea de bailar pero yo te sigo igual tus manos en los bolsillos
Es una de mis imágenes favoritas del planeta, porque es casi lo contrario de todas las demás. Aquí las manos no se dan, no tiemblan, no señalan: se guardan. Quien las mete en los bolsillos en mitad de una pista está diciendo muchas cosas a la vez. Timidez, chulería, frío, ganas de que no se note que tiene ganas.
Y frente a esas manos escondidas, el otro, que no necesita nada más para dejarse llevar. Es el enamoramiento tonto, el de los primeros días, cuando hasta la torpeza del otro te parece una forma de encanto. Las manos en los bolsillos son una puerta cerrada que, precisamente por cerrada, da más ganas de abrir.
Me hace gracia que en un planeta tan lleno de manos que se buscan, una de las más deseadas sea la que no se deja ver.
Lámina quinta: tutús agarrados
Ahora salgo de las letras y entro en los videoclips, porque allí las manos se mueven.
En el vídeo de «Pura magia» hay un pasillo pintado de rosa, con paredes que parecen de algodón de azúcar, y dos hombres barbudos que corren por él cogidos de la mano. Van sin camiseta, con tutús de colores, uno anaranjado y otro azul, y avanzan hacia la cámara sin soltarse. En otro plano, en una sala blanca llena de camillas rosas, uno de ellos camina con un vestido negro largo.
No hay nada solemne en esa carrera. Es casi un juego de patio de colegio, el de correr de la mano sin saber muy bien hacia dónde. Pero esa ligereza es justo lo que me parece valiente. Los dos viejitos de la primera lámina son un futuro que se imagina; los tutús que corren son un presente que se celebra. Las manos que no se sueltan aunque vayan deprisa.
Lámina sexta: el apretón
En el videoclip de «Mi último ex era una IA disfrazada» hay una habitación blanca con esferas de cristal que brillan como lámparas de laboratorio, y dos hombres con camisa que se dan la mano. No es un apretón de negocios, aunque lo parece al principio. Se sostienen la mano un rato largo, mirándose, como si estuvieran comprobando algo.
Esa es la mano más inquietante del atlas, porque no se sabe del todo de quién es. La canción habla de un novio que resultó ser una máquina, y el vídeo convierte el apretón en una prueba: ¿hay pulso aquí dentro?, ¿está caliente?, ¿es de verdad? Cualquiera que haya salido de una relación con alguien que fingía sabe lo que es eso: volver a tocar otra mano y no fiarse del todo de que haya alguien detrás.
Lámina séptima: las manos en la cabeza
En «El señor Garrison» hay un hombre sentado en una playa vacía, en blanco y negro, con las dos manos sobre la cabeza. No se le ve la cara: los dedos la tapan. Detrás, la orilla y un mar sin color. En el último plano, el mismo gesto, y sobre él el título y mi nombre en rosa.
Las manos sobre la cabeza son el gesto universal de que algo no tiene arreglo, o de que uno necesita sujetarse los pensamientos para que no se le escapen. Es un gesto que se hace a solas. Nadie se agarra así la cabeza delante de otro si puede evitarlo.
Esa lámina me sirve de contrapeso. En un atlas de manos que se dan, también tiene que haber manos que se quedan con uno mismo, que se sostienen, que se tapan. No todo es pareja. A veces la única mano disponible es la propia, y hay que dejar que haga su trabajo.
Lámina octava: la arena
El vídeo de «La primera drag de Benidorm» termina en una orilla al anochecer. Una drag con un vestido blanco de tul se dobla sobre la arena mojada, con una mano casi tocando el suelo, y mira hacia abajo. En otro plano, con el mismo tul, una figura de pie abre los brazos hacia el mar y la ciudad iluminada al fondo, como si fuera a abrazar la bahía entera.
La letra de esa canción, que es dura y no se guarda nada, tiene también sus manos, aunque rotas. En una de sus estrofas aparecen juntas dos imágenes que no consigo olvidar:
entre uñas quebradas, entre rezos de plástico y caricias prestadas.
Uñas quebradas: las manos de quien se ha arrastrado. Caricias prestadas: las manos de otros, que tocan sin quedarse, como un abrigo que hay que devolver al final de la noche. Es el reverso exacto de los dos viejitos de la primera lámina. Allí, una mano para siempre; aquí, manos de alquiler.
Por eso el final del vídeo me parece tan necesario. Es la misma mano en dos tiempos. Primero toca el suelo, como quien comprueba que sigue ahí, que hay algo firme debajo. Luego se abre hacia el aire. No conozco mejor imagen de lo que es recuperarse: tocar fondo, literalmente, y después extender los brazos.
Lámina octava y media: el abanico
Entre las láminas serias hace falta una que se abanique. En «Marica chill» hay un mercadillo, una vecina que opina, un frutero generoso y un renglón que pone en la mano el objeto más marica del verano:
Con un abanico y mi short transparente
El abanico es una mano ampliada. Sirve para el calor, claro, pero también para hablar sin abrir la boca: un golpe seco para cerrar una conversación, un vaivén lento para fingir indiferencia, un abrir de golpe para anunciar que una ha llegado. En las pistas de baile se ha convertido en un instrumento más, que suena cuando se despliega.
Me gusta que esté en la misma mano que podría haber temblado en otra canción. La mano que tiembla y la que se abanica pueden ser la misma, en dos veranos distintos.
Lámina octava y tres cuartos: dedos cruzados
En «Ni un pimiento», una canción que se ríe de casi todo, hay un gesto pequeño que cualquiera reconoce:
Se cruzan los dedos se reza al vecino
Cruzar los dedos es la superstición más humilde que existe. No cuesta nada, no se ve casi, y se hace a escondidas, detrás de la espalda o dentro del bolsillo. Es la mano que no puede hacer nada más y aun así hace algo. Rezarle al vecino, en vez de al cielo, me sigue pareciendo una de las ideas más tiernas y más ridículas que he escrito. Así funcionan muchas esperanzas: a pie de calle, con los dedos enredados.
Lámina novena: dos hombres en la multitud
El videoclip de «The Great Depression» tiene una estética de los años treinta, con hombres de abrigo y sombrero en calles grises, entre humo y edificios de ladrillo. En medio de esa multitud, hay un plano en el que dos de ellos se abrazan, muy juntos, las caras casi pegadas.
En una época y un decorado donde nadie habría esperado ver ternura entre dos hombres, un brazo alrededor de otro cuerpo es una rebelión callada. No hace falta más. Es el gesto de quien sostiene a otro cuando el mundo alrededor se está cayendo.
Lámina décima: la palma que da luz
La última lámina es la más luminosa, en sentido literal. En el videoclip de «Flash» hay un plano en el que una figura a contraluz levanta la mano abierta hacia la cámara, y de la palma sale un estallido de luz azul y blanca, como un fogonazo de fotografía. Detrás, partículas brillantes y un horizonte de agua.

En el mismo vídeo hay otras luces: bombillas colgadas sobre un estanque, ojos que se encienden de neón, una explosión azul que se traga una silueta entera. Pero ninguna me dice tanto como esa mano, porque es la única que parece decidir cuándo brillar.
De todas las manos del planeta, esta es la que más me gusta mirar al final. Después de las manos que se sueltan, que tiemblan, que se esconden, que se tapan la cara, aparece una que produce luz por sí misma. No la pide, no la espera de otro: la emite.
Si este atlas tuviera una dirección, iría de la primera lámina a esta. De una mano que se imagina en otra, envejeciendo, a una mano que brilla sola. Y no porque la compañía no importe, sino porque solo una mano que ha aprendido a dar luz puede luego cogerse a otra sin apagarse.
Un paseo nocturno con todas las manos
Ahora, si me dejas, junto las láminas en una sola noche, como si fueran calles de la misma ciudad.

Sales de casa con las manos en los bolsillos, porque hace fresco y porque todavía no sabes si te apetece que te vean. En la esquina, alguien cruza los dedos detrás de la espalda esperando un mensaje que no llega. Dos chicos pasan de la mano y un señor con gabardina los señala con el índice, como si fuera un juez de guardia. Ellos no se sueltan. Tú tampoco te sueltas de tu idea de llegar a algún sitio.
En el bar, una mesa de amigas se abanica al ritmo de algo que suena en los altavoces. Uno de ellos, el que siempre baila mal, sale a la pista sin sacar las manos de la chaqueta, y otro lo sigue igual, sin importarle. Al fondo, contra la barra, hay alguien que aprieta un vaso con fuerza porque le tiemblan los dedos y no quiere que se note. Nadie lo nota. O casi nadie.
Más tarde, en la orilla, una figura con vestido blanco se agacha a tocar la arena mojada. Tiene las uñas rotas de toda una noche y ha recibido caricias que ya no son de nadie. Se queda un rato así, con la palma en el suelo, sintiendo el frío. Luego se levanta y abre los brazos al mar, a las luces de la ciudad al otro lado de la bahía.
Un hombre sentado en otra parte de la playa se sujeta la cabeza con las dos manos. No llora, o sí; no se ve. Solo se ve que necesita agarrarse a algo y que lo único que tiene a mano es él mismo.
De vuelta, por una calle gris, dos desconocidos se abrazan entre la gente como si se conocieran de siempre. En un portal, dos hombres se dan la mano demasiado rato, comprobando si el otro es de verdad. Por un pasillo rosa, dos más corren agarrados, en tutú, riéndose de todo.
Y al final de la calle, cuando ya casi amanece, alguien levanta la mano abierta hacia el cielo y de la palma le sale un poco de luz. No mucha. La suficiente para ver el camino hasta casa.
Ya en la cama, antes de dormir, piensas en dos viejitos paseando de la mano por un paseo marítimo. No sabes si alguna vez serás uno de ellos. Pero esta noche, por primera vez en mucho tiempo, la imagen no te duele.
Leyenda del mapa
Los mapas antiguos tenían una leyenda en una esquina, una caja pequeña que explicaba qué significaba cada símbolo. La de este atlas sería algo así.
Una mano dentro de otra: el amor que se imagina largo, aunque no siempre llegue. Una mano con el dedo extendido: la mirada de los demás. Una mano que tiembla: lo que nadie quiso ver. Unas manos en los bolsillos: el deseo que se hace el despistado. Dos manos corriendo: la alegría sin permiso. Un apretón largo: la desconfianza que aprende a volver a tocar. Dos manos en la cabeza: la soledad necesaria. Una mano en la arena: el fondo. Una mano en la espalda: el sostén. Una palma que estalla: la luz propia.
No hay brújula ni escala. Se puede recorrer en cualquier orden, y cada quien encontrará la lámina que le toca hoy.
Las manos que no salen
En el atlas faltan manos, como faltan siempre países en los mapas viejos. Faltan las manos que escriben, que son las mías, encima del teclado o del móvil, a horas raras, apuntando una frase antes de que se escape. Faltan las manos que producen, girando parámetros, cortando, moviendo un compás un poco a la izquierda. Faltan las manos de quien escucha, que se mueven solas cuando suena algo que les gusta.
Faltan las manos de los que bailan en la pista cuando suena una de estas canciones, levantadas, abiertas, moviéndose sin coreografía. Faltan las de quien aplaude al final de una noche, las de quien sujeta un móvil para grabar un estribillo, las de quien pasa un brazo por los hombros de una amiga que se ha quedado callada.
Y faltan, sobre todo, las manos que me ayudaron a seguir cuando me costaba. Esas no salen en ningún videoclip, y está bien que no salgan. Hay manos que se cuentan mejor sin dibujarlas.
Para llevárselo
Todas las canciones de este atlas se pueden escuchar y descargar gratis desde la página de descargas, sin registro. Si te apetece leer las letras enteras y buscar tus propias manos en ellas, están reunidas en la sección de letras de la web. Y los videoclips, con sus pasillos rosas, sus playas en blanco y negro y sus desiertos con fogonazos, viven en Planeta Gayfolk.
Yo, por mi parte, sigo imaginando a los dos viejitos. Ahora, cuando lo hago, uno de ellos tiene la palma encendida.
Preguntas frecuentes
¿Qué es este texto? Un texto poético que recorre Planeta Gayfolk a través de una sola imagen, las manos, tal como aparecen en varias de mis letras y en varios de mis videoclips. No es un análisis de una sola canción, sino un paseo por varias.
¿Qué canciones aparecen? De las letras, «Envejecer», «Tan cateto», «Tu mendigo» y «Me mola Zeus». De los videoclips, «Pura magia», «Mi último ex era una IA disfrazada», «El señor Garrison», «La primera drag de Benidorm», «The Great Depression» y «Flash».
¿Las citas de las letras son exactas? Sí. Están copiadas tal cual de las letras publicadas en la web, sin cambiar ninguna palabra.
¿Quién hace la música? Escribo las letras, compongo y produzco. La música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Dónde puedo escuchar estas canciones? En la web, gratis, con descarga incluida, y en el canal oficial de YouTube de Planeta Gayfolk.