
Por Mike Sain't Louis ·
Una historia que empieza ocho veces: «La empatía de la arpía» verso a verso, de los veinte años al murmullo final
Hay canciones que empiezan in medias res y otras que empiezan como los cuentos que nos leían de pequeños, con una fórmula que avisa de que va a contarse algo. «La empatía de la arpía» pertenece a las segundas, pero con una trampa. Su fórmula no es «érase una vez», sino un arranque que vuelve en ocho ocasiones y que cada vez abre una puerta distinta de la misma casa. Es como si alguien intentara explicarte una historia y tuviera que empezar de nuevo una y otra vez porque ninguna versión alcanza para contarla entera.
Ya escribí sobre los personajes de esta canción y de su videoclip, sobre la boda en la playa y el planeta con anillos. Hoy quiero hacer algo distinto, más de lupa: leer la letra renglón a renglón, fijarme en el orden de las frases, en las rimas que la sostienen y en cómo una canción tan breve consigue decir tanto sobre una de las formas más dolorosas del abuso, la que se disfraza de cariño.
El esqueleto de la canción
Empiezo con unos números, porque ayudan a ver cómo está hecha. La letra tiene cincuenta y un renglones, pero solo diecinueve son distintos, y suma unas doscientas cuarenta palabras. La fórmula de apertura aparece ocho veces, y otras tantas el nombre de la arpía. En la parte final, un murmullo largo y una frase sobre el llanto se alternan también ocho veces, hasta que la canción se apaga.
Es decir, hay dos bloques muy distintos. El primero es una sucesión de ocho estampas, cada una abierta por la misma fórmula. El segundo es una coda hipnótica donde ya no se cuenta nada nuevo, solo se insiste. Primero se narra; después se queda uno dando vueltas al recuerdo. Es el orden exacto en que se vive una relación así cuando por fin se mira desde fuera: primero intentas entender qué pasó, luego solo te queda el eco.
La fórmula: «Esta es la historia»
Cada estampa empieza con las mismas palabras, «Esta es la historia», y el renglón siguiente le pone título. El demostrativo es importante. No dice «una historia» ni «la historia de siempre». Dice «esta», la que te estoy contando, la que tienes delante. Es una manera de señalar con el dedo, de obligar a quien escucha a mirar.

Y también es una fórmula de testigo. Así empiezan las declaraciones, los relatos de quien ha visto algo y necesita que conste. Repetirla ocho veces convierte la canción en una especie de acta. Cada vez que vuelve, es como si el narrador dijera: apúntalo, esto también pasó.
El título: una rima que delata
El segundo renglón de cada estampa coincide con el título, y ahí está la primera gran rima: «empatía» y «arpía». Las dos palabras suenan casi igual. Acaban igual, comparten la letra p en el centro, tienen un acento muy parecido. Juntas forman casi un trabalenguas, y eso es lo que las vuelve inquietantes. La empatía, que debería ser lo contrario de una arpía, suena como ella.
La arpía es una figura de la mitología, mitad mujer, mitad ave, que arrebata y ensucia. En el habla de la calle se ha quedado como insulto. Pero en esta canción el personaje es un hombre: un pronombre lo aclara más adelante. Usar esa palabra para él es un gesto muy de mi planeta, donde los géneros de los insultos se mezclan y se reapropian. No importa quién lleve la palabra: importa lo que hace.
Primera estampa: los años que no cuentan
La primera historia habla del tiempo. Dos décadas, tres, cuatro: la cifra se va inflando y luego se descarta con un «Eso da igual». Lo que importa, dice la letra, es cuántas traiciones caben dentro, pocas o miles. Me gusta mucho este renglón porque cambia la unidad de medida. Una relación no se mide por su duración, sino por lo que se ha traicionado dentro de ella.
La rima entre «años» y «engaños» es la segunda columna de la canción. A partir de aquí, cada vez que aparezca una palabra terminada en «-años», sabremos que viene un golpe. Los años y los engaños se emparejan para siempre, como si cada aniversario trajera escondida su mentira.
Segunda estampa: el cumpleaños y la culpa
La segunda historia es la más larga y la más narrativa. Empieza con una escena: «Y aún así» la arpía celebra contigo el cumpleaños. Esa pequeña conjunción, «aún así», hace todo el trabajo. Después de los engaños, todavía hay velas, regalo y foto. Es la doble vida del abuso: la normalidad sigue en pie, y precisamente por eso cuesta tanto ver lo que hay debajo.
Luego llega el renglón más duro de la estrofa: cuando su trato te hace enfermar, la responsabilidad se da la vuelta, porque «él te inculpa». Aquí aparece el pronombre, «él», y con él la mecánica entera de la manipulación. Te hace daño, enfermas, y la responsabilidad acaba cayendo sobre ti. La rima interna entre «culpa» e «inculpa» es casi un espejo: la misma palabra rebota de un lado a otro, y quien la recibe al final es siempre el mismo.
La estampa cierra con otra vuelta de los años, ahora con un dato concreto: una amistad de «más de veinte» años. Y entonces llega un renglón que no se repite nunca más en toda la canción, el único que modifica la fórmula: ahora el relato es «de dos extraños». Es un giro precioso y terrible. Después de dos décadas, resulta que las dos personas no se conocían. O, mejor dicho, una conocía perfectamente a la otra, y la otra no conocía a quien tenía al lado.
Tercera estampa: la sonrisa y el escupitajo
A partir de aquí las estampas se vuelven cortas, de dos renglones cada una, y empiezan las rimas en «-ía» que ya no se detendrán. La tercera habla de una sonrisa impostada que, en su interior, «te escupía». El contraste es brutal: lo de fuera y lo de dentro van en direcciones opuestas. La sonrisa es pública; el desprecio es íntimo.
Los dos verbos están en imperfecto, «fingía» y «escupía». Es el tiempo de las costumbres, de lo que se hacía una y otra vez. No fue un día. Era así. Y riman con «empatía» y «arpía», de modo que la estrofa entera suena a lo mismo: una campana que da siempre la misma nota.
Cuarta estampa: la herida aprendida
La cuarta es, para mí, el centro de la canción. Dice que la arpía memorizó «tu herida entera» y luego la usó, presionando justo en el punto sensible. Aquí está explicado, en dos renglones, qué significa la empatía usada como arma. No es que no entendiera tu dolor. Lo entendía perfectamente. Lo estudió. Se lo aprendió de memoria, como quien memoriza un mapa, y luego lo usó para saber exactamente dónde tocar.
Esto es lo que mucha gente no entiende del abuso narcisista. Se suele decir que esas personas no tienen empatía. Pero en ocasiones tienen una empatía fría, instrumental: saben leerte, saben lo que sientes, y precisamente por eso saben hacerte daño. La palabra «entera» me parece clave. No una parte, no lo que le contaste una noche: la herida completa, con todos sus bordes.
Hay otra canción mía que describe la misma maquinaria desde dentro de la cabeza de la víctima, «Gaslighting», donde la duda sobre lo que uno recuerda se convierte en la herramienta principal. Si «La empatía de la arpía» explica cómo se aprende la herida ajena, aquella cuenta cómo se consigue que la propia víctima deje de fiarse de su memoria. Son dos caras del mismo mecanismo, y escucharlas seguidas ayuda a reconocerlo. Lo que comparten es la paciencia: nada de esto ocurre de golpe, sino a lo largo de años, con pequeños gestos que solo se entienden cuando se ponen todos juntos sobre la mesa.
Quinta estampa: la ternura y la venta
La quinta repite el esquema del contraste. La arpía tenía una mirada tierna y, a escondidas, «te vendía». La mirada tierna es la máscara; la venta es lo que pasa detrás. Vender a alguien es traicionarlo ante otros, contarlo, entregarlo. Y conecta con algo que viví: cuando todo salió a la luz, parte de mi gente acabó poniéndose en mi contra.
La rima sigue: «fingía», «escupía», «dolía», «vendía». Cuatro imperfectos en fila. A estas alturas el oído ya espera ese sonido al final de cada estampa, y la canción no le falla. Esa previsibilidad es parte del mensaje: en una relación así, lo terrible acaba siendo rutina.
Sexta estampa: el refugio que era una celda
La sexta es la última estampa nueva, y la que tiene la imagen más espacial. La arpía se ofrecía como abrigo y resultó «una habitación sin salida». La rima se tuerce un poco: «salida» no termina en «-ía» exactamente, sino en «-ida». Es una rima imperfecta, y encaja con lo que cuenta. Ahí la casa se cierra y el sonido también se deforma.
Un refugio es un lugar al que se va cuando fuera hace frío. Una habitación sin salida es una trampa. Lo terrible es que se trata del mismo espacio, visto en dos momentos distintos. Mientras estás dentro, lo llamas refugio. Cuando intentas salir, descubres que no hay puerta. Esa imagen dialoga con otras canciones mías sobre encierros, como «Entre cuatro paredes», aunque allí las paredes son de la tristeza y aquí son de otra persona.
Séptima y octava: el regreso de las peores
Después de la sexta estampa la canción no inventa nada nuevo. Vuelve a la sonrisa que fingía y a la herida aprendida, exactamente con las mismas palabras. Elige repetir esas dos, y no otras, y la elección dice mucho. De todo lo que pasó, lo que vuelve a la cabeza una y otra vez es eso: la sonrisa falsa y el dolor apretado justo donde más dolía.
Así funciona la memoria del trauma. No repasa la historia entera en orden, sino que vuelve a los mismos dos o tres momentos, como un disco rayado. La canción lo hace con su estructura: no necesita explicarlo, lo hace sentir.
La coda: el murmullo y el llanto
Y entonces la fórmula desaparece. Ya no hay «Esta es la historia». Lo que queda es un murmullo largo, una «m» sostenida durante nueve letras, y otra línea que vuelve ocho veces: tus lágrimas no le importaban, le daba igual «cuando llorabas». El murmullo es lo que se hace cuando ya no quedan palabras. Es el sonido de quien aprieta los labios para no romperse, o de quien tararea algo para calmarse.
La frase del llanto es la conclusión de toda la canción. Después de la empatía aprendida, de la herida estudiada, de la sonrisa fingida, lo que queda es eso: a la otra persona le daba igual. No es que no viera las lágrimas. Las veía. Simplemente no le importaban. Ocho veces se dice, y ocho veces se escucha, hasta que ya no hace falta añadir nada más.
El verbo, otra vez, está en imperfecto. «Daba», «llorabas». No fue una vez. Era siempre. Y el «tú» de «llorabas» devuelve la canción a quien escucha. Ya no es la historia de la arpía; es la historia de quien lloraba.
Las rimas que cierran la trampa
Si pongo todas las rimas en una tabla, aparecen tres familias. La de «-ía», que es la columna vertebral: empatía, arpía, fingía, escupía, dolía, vendía, y la casi rima de salida. La de «-años», que aparece al principio y desaparece: años, engaños, cumpleaños, extraños. Y una pareja suelta, culpa e inculpa, que suena a eco.

Lo interesante es cómo se reparten. La familia de los años domina las dos primeras estampas, las más narrativas, las que hablan de tiempo y de fechas. Luego desaparece por completo y la familia de «-ía» lo ocupa todo. Es como si la canción pasara del calendario al carácter: primero cuenta cuándo pasó; después cuenta cómo era quien lo hacía.
Lo que la letra no dice
Tan importante como lo que cuenta una canción es lo que deja fuera. Y «La empatía de la arpía» deja fuera muchas cosas a propósito. No hay nombres. No hay ciudad, ni fecha, ni una escena reconocible que permita señalar a nadie. Hay un «él» y un «tú», y entre ellos una historia que podría ser la de cualquiera que haya pasado por algo parecido. Esa falta de detalles no es pudor: es una decisión de puerta abierta. Cuanto menos concreta es la arpía, más fácil es que quien escucha reconozca a la suya.
Tampoco hay venganza. La letra no desea mal a nadie, no imagina un castigo, no busca que la arpía pague. Se limita a describir. Ocho veces dice «esta es la historia», y en ninguna de ellas añade un final justiciero. Me parece importante, porque la rabia existe y es legítima, pero esta canción no está hecha de rabia. Está hecha de lucidez. Es lo que se escribe cuando por fin entiendes qué pasó y ya no necesitas gritarlo, solo dejarlo por escrito.
Y no hay consuelo fácil. No aparece un amigo que salva, ni un amanecer, ni un «todo pasa». La canción termina con el llanto ignorado y el murmullo. Eso puede parecer desolador, pero yo lo leo de otra manera: es una canción que no te pide que estés bien. Te deja estar triste el tiempo que haga falta, y te acompaña mientras tanto.
Dónde encaja en «El día de la liberación»
«La empatía de la arpía» vive en el disco «El día de la liberación», el que dentro de la trilogía de Planeta Gayfolk cuenta la salida. No es una canción de victoria, y justo por eso está bien colocada allí. Antes de liberarse hay que nombrar aquello de lo que uno se libera, y esta letra es ese acto de nombrar. Comparte el disco con canciones que miran el mismo asunto desde otros ángulos: la receta para escapar, el teléfono que ya no suena, el límite que se pone en inglés. Si la escuchas entre ellas, verás que forma parte de un mismo viaje. La letra completa y la ficha de la canción están en su página.
El videoclip: una boda bajo un planeta con anillos
El clip oficial, de 3:29, salió el 17 de diciembre de 2025. Y hace algo que me sigue pareciendo muy acertado: contrasta la letra con una celebración. Todo transcurre en una boda entre dos hombres, en una playa al atardecer, con un enorme planeta rosado con anillos colgando del cielo y una ciudad costera al fondo. Hay invitados de traje claro, un arco floral, una tarta blanca de varios pisos sobre una terraza, unas manos que intercambian alianzas.

Y hay chihuahuas. Muchísimos. Corren por la arena, rodean a los novios, se asoman entre cristales rosas, caminan por un sendero rosa brillante, atraviesan nubes de humo rosado en unas dunas, y al final se recortan en silueta bajo un aro de luz rosa sobre un cielo morado. Es un despliegue tan alegre que, puesto al lado de la letra, se vuelve inquietante. La boda es la sonrisa que fingía. La letra es lo que había dentro. Está completo en Planeta Gayfolk.
Por qué escribí sobre la empatía
Me presento por si llegas aquí sin conocerme: Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Las letras, la composición y la producción salen de mí; para la parte musical y la interpretación uso herramientas de inteligencia artificial que trabajan sobre mi material. Mi base está en Madrid.
Pongo esta letra en el disco de la liberación porque es parte de mi propio camino de salida. Pasé dos décadas atado a dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Cuando el velo cayó, ellas supieron girar el relato y una parte de mi entorno me dio la espalda. Me costó años comprender esa forma helada de empatía que memoriza tu punto débil para usarlo. Con el tiempo, la consulta me dio palabras: trastorno de la personalidad por evitación, fobia social, estrés postraumático, ansiedad y una depresión mayor de las graves. Hoy me acompañan una psiquiatra y un psicólogo. Escribir fue lo que me permitió contar mi lado de la historia sin que nadie me interrumpiera. Llegué a un punto muy oscuro, de esos en los que uno piensa en dejarlo todo, y lo menciono solo porque salí de él.
Si al leer la letra has sentido que hablaba de ti, date permiso para no tenerlo todo claro todavía. Solo no lo cargues a solas. Desde cualquier teléfono de España puedes marcar el 024: una línea de atención para quien piensa en suicidarse o teme que alguien cercano lo haga, sin coste, sin dar tu nombre, abierta las veinticuatro horas. Si la situación es urgente, marca el 112. Para hablar con alguien sin prisa, el Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717; si eres menor o te preocupa un menor, la Fundación ANAR está en el 900 20 20 10. Y si vives en otro país, findahelpline.com te indica la línea más cercana. Que alguien usara tu dolor contra ti dice mucho de esa persona y nada malo de ti.
Escúchala y descárgala gratis
No hace falta pagar nada para tener esta canción. Puedes bajarla desde la sección de descargas de mi web (/descargas), donde está todo mi catálogo, o desde la tienda gratuita de Planeta Gayfolk (https://gayfolkplanet.com/tienda), sin registro. Si lo tuyo es el streaming, aparece en las plataformas de siempre. Y si te ha removido algo, mándasela a alguien que la necesite: a veces una canción explica lo que uno no se atreve a decir en una conversación.

Otras letras sobre el abuso, renglón a renglón
Si te interesa seguir leyendo canciones mías sobre el abuso narcisista con esta misma lupa, puedes ir a la canción de la huida, leída en «Manual de escape de un narci» verso a verso, que es la receta de la salida, o a «No Contact» verso a verso, que cuenta lo que pasa cuando por fin se corta el hilo. Y «Not Your Supply» verso a verso pone el límite en inglés.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La empatía de la arpía»? De una persona que usa la empatía como arma: entiende el dolor de quien tiene al lado, lo estudia y lo aprovecha para hacer más daño, mientras por fuera sonríe y celebra.
¿Por qué se repite tanto la fórmula del principio? Cada repetición abre una estampa distinta del mismo engaño, como un testigo que vuelve a empezar su relato para añadir algo que faltaba.
¿Quién es la arpía de la canción? Un personaje de la letra, un hombre, como deja claro un pronombre en la segunda estampa. La palabra se usa por su sentido de figura que arrebata y hace daño.
¿Qué pasa en el videoclip? Una boda entre dos hombres en una playa al atardecer, bajo un planeta rosado con anillos, rodeada de chihuahuas. La alegría de la imagen contrasta con lo que cuenta la letra.
¿Dónde puedo descargarla gratis? En /descargas y en https://gayfolkplanet.com/tienda, sin coste.