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La copla dentro del pop queer: por qué el drama de siempre le sienta tan bien al amor gay de hoy

Cuando alguien me pregunta cómo definiría PLANETA GAYFOLK, suelo decir que es pop alternativo queer en español con aire de copla. La primera parte se entiende enseguida. La segunda deja a algunas personas con cara rara, sobre todo a las más jóvenes, que asocian la copla con la televisión de los domingos en casa de su abuela.

Por eso quiero escribir sobre ella con calma. Porque para mí la copla es una pista enorme sobre cómo contar historias de amor entre hombres en 2026.

Un género que cuenta historias

La copla, o canción española, vivió su época dorada en España en los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Bebe del cuplé, de la tonadilla y del flamenco, y tuvo autores tan conocidos que sus apellidos se recitan casi como una sola palabra. Pero lo que me interesa de ella no es su historia en los libros. Es cómo está construida.

Una copla es una película de tres minutos. Tiene personajes con nombre, a veces con oficio, casi siempre con un lugar de origen. Tiene un conflicto, que suele ser un amor que no puede ser. Y tiene un desenlace, a menudo trágico, contado con una intensidad que hoy nos parecería exagerada. La copla no insinúa. Declara. Si alguien sufre, sufre en público, con el pañuelo en la mano y el pueblo entero mirando.

Ese gusto por la narración es justo lo que echo de menos en mucho pop actual, que tiende a hablar de sensaciones sueltas. Una copla, en cambio, te cuenta quién era ella, de dónde venía él y qué pasó aquella noche.

Los amores que no se podían nombrar

Hay otra razón, más honda, por la que la copla y el mundo gay se han entendido tan bien durante décadas. Muchas de esas canciones hablan de amores prohibidos, de gente señalada por querer a quien no debía, de pasiones que había que vivir a escondidas o pagar caras. En una España en la que ser homosexual estaba perseguido, mucha gente LGTB escuchaba esas historias y reconocía la suya, aunque la letra hablara de una mujer y de un hombre.

Esa lectura entre líneas forma parte de la cultura gay española. La copla se convirtió en un refugio y, con el tiempo, en una seña de identidad. Se canta en bares de ambiente, se reinterpreta en espectáculos de transformismo, se lleva al Orgullo. Hay algo de herencia en todo eso, como una canción que pasa de una generación a otra sin que nadie la enseñe formalmente.

Lo que yo hago es dar un paso muy pequeño: quitar el disimulo. Si la copla contaba amores gais con la boca tapada, yo puedo contarlos con la boca abierta. El drama se queda. Lo que se va es la necesidad de esconderlo.

El exceso como lenguaje

Mucha gente piensa que la exageración de la copla es un defecto, algo antiguo y un poco cursi. Yo creo que es un lenguaje, y que el pop queer lo habla con fluidez desde siempre.

El camp, esa forma de disfrutar de lo excesivo y de lo teatral, tiene mucho de copla. Los vestidos imposibles, los gestos de manos, la mirada al cielo, el lamento que ocupa todo el escenario. Cuando un hombre gay sufre por amor y lo cuenta con la intensidad de una tonadillera, no está siendo ridículo. Está usando un idioma emocional que su cultura lleva muchos años refinando.

Además, el exceso tiene una utilidad muy práctica. Las emociones del amor gay a menudo se han vivido a escondidas. La copla te da permiso para subir el volumen. Para decir que alguien te ha destrozado la vida aunque solo te haya dejado de contestar un mensaje. Esa desproporción es teatral, sí, pero también es verdad, porque así se siente por dentro.

Mi aire de copla

No voy a explicar canción por canción dónde está la copla en lo que escribo. Prefiero que cada cual la encuentre. Pero sí puedo contar dónde la noto yo.

La noto, primero, en los personajes. Un título como «La vecina cotilla» podría ser el de una copla de las de antes: una mujer del barrio, un balcón, un secreto que corre de boca en boca. «Mi novio de Albacete» tiene esa costumbre tan coplera de ponerle origen al amado, de situarlo en un mapa. Y «La primera drag» suena a figura de cartel, a artista que sale por primera vez a las tablas. No son coplas, ni pretenden serlo. Pero comparten esa manía de contar quién es alguien antes de contar qué le pasa.

La noto también en la estructura grande. La trilogía GAYFOLK se escucha como una sola historia en tres actos: el descubrimiento de un lugar donde uno puede ser quien es, las ganas de llegar y el día de la liberación. Los títulos de los discos lo dicen solos: «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y «El día de la liberación». Ese «ojalá» del segundo disco es muy de copla, con ese anhelo de algo que todavía está lejos. La diferencia es el final. Muchas coplas acababan mal para sus protagonistas. Yo he querido que esta historia termine en liberación, aunque al principio dudé si un final feliz le quitaba fuerza al conjunto. Todavía lo pienso a veces.

Mezclar copla con pop alternativo y producción hecha con herramientas de inteligencia artificial puede parecer una contradicción. A mí me parece lo contrario. La copla siempre fue un género que se adaptaba a lo que tenía a mano, y que sobrevivió porque cada generación la volvió a contar a su manera. Esta es la mía.

Las letras completas de PLANETA GAYFOLK están en mikesaintlouis.com.

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