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«¿Hay alguien ahí?»: la final girl de «Igual que en las pelis slasher» y por qué el público queer va con la superviviente

Todas las películas de miedo tienen esa escena. La casa está a oscuras. Ha sonado un ruido abajo, o arriba, o detrás de una puerta. Y la protagonista, en lugar de salir corriendo, hace lo que nadie haría: se asoma al pasillo y lanza la pregunta al vacío. Hola. Hola. ¿Hay alguien?

El público le grita a la pantalla que no lo haga. Ella lo hace igual.

«Igual que en las pelis slasher» convierte esa escena en estribillo. Es la pista 173 de la lista de singles y pertenece al primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Su letra completa está publicada en gayfolkplanet.com, y en el diario del planeta ya se ha leído tres veces: como terror en pijama y bata, como subasta de mercadillo, con sus lotes y su pregón, y como una balda del videoclub de terror de mis letras.

Este post coge otro hilo. El de la figura que protagoniza la canción sin que nadie la nombre: la final girl. La chica que sobrevive. La que pregunta si hay alguien en la casa, la que corre por el bosque, la que al final coge el cuchillo. Y, de paso, el de una pregunta que me hago desde hace años: por qué el público queer, generación tras generación, siempre ha ido con ella.

Una etiqueta de 1992

La expresión final girl tiene fecha y autora. La acuñó la profesora estadounidense Carol J. Clover, de la Universidad de California en Berkeley, en un ensayo de 1987 que luego amplió en su libro «Men, Women, and Chain Saws», publicado en 1992. Clover se tomó en serio algo que la crítica despreciaba: las películas de asesinos con máscara que llenaban los videoclubs de los ochenta.

Su observación fue sencilla y demoledora. En casi todos esos slashers, el asesino va matando a un grupo de jóvenes uno a uno, y al final queda una sola persona viva. Casi siempre es una chica. Suele ser la más observadora del grupo, la menos interesada en la fiesta, la que nota antes que nadie que algo va mal. Y en el último acto deja de huir y se enfrenta al monstruo.

Clover añadió algo más interesante todavía. El público de esas películas era mayoritariamente masculino y joven, y sin embargo la persona con la que se identificaba al final no era el asesino ni los chicos del grupo, sino ella. Durante noventa minutos, muchos espectadores se ponían en la piel de una chica asustada. A eso lo llamó identificación cruzada. Y ahí, para mí, empieza la historia queer del slasher.

Laurie Strode sale al porche

La final girl por excelencia tiene nombre: Laurie Strode, el personaje que interpretó Jamie Lee Curtis en «Halloween», de John Carpenter, estrenada en 1978. Laurie es la canguro responsable que se pasa la noche cuidando niños mientras sus amigas se divierten. Es la que ve a la figura de la máscara blanca desde la ventana del instituto y nadie la cree. Es la que, al final, se defiende con una aguja de tejer y con una percha.

Lo que más me gusta de Laurie es su soledad. Toda la película gira alrededor de alguien que ve el peligro y no consigue que los demás lo vean. Las amigas se ríen. Los adultos no están. La policía llega tarde. Cuando por fin grita pidiendo ayuda en una calle de casas con las luces encendidas, nadie abre la puerta.

La canción tiene ese mismo centro de gravedad. Las tres preguntas del estribillo podrían ser un resumen de «Halloween»: «¿Hay alguien ahí?», ¿alguien puede ayudarme?, «¿Estoy yo sola?». La última es la peor. No pregunta si hay un asesino. Pregunta si hay alguien de su lado. En el slasher, como en la vida, el miedo grande no es al monstruo. Es a que nadie te crea.

La llamada viene de dentro de la casa

Cuatro años antes de «Halloween», en 1974, se estrenó la película canadiense «Black Christmas», de Bob Clark, que muchos consideran el primer slasher moderno. Un grupo de estudiantes en una residencia recibe llamadas obscenas y amenazantes durante las vacaciones de Navidad. La policía tarda en tomárselo en serio. Y la revelación final, que luego copiaría media industria, es que las llamadas se hacen desde la propia casa.

Fotogramas del videoclip oficial de «Igual que en las pelis slasher», de Mike Sain't Louis

Esa idea, la amenaza que no viene de fuera sino que está dentro, en el piso de arriba, reapareció en 1979 en «When a Stranger Calls», con la famosa canguro que recibe una y otra vez la misma pregunta por teléfono. Es la gran intuición del género: el peligro más difícil de soportar es el que está cerca, el que conoce tus horarios, el que sabe dónde duermes.

La letra de «Igual que en las pelis slasher» tiene ese mismo escalofrío doméstico. El villano no es un desconocido con máscara que sale del bosque. Es alguien del entorno, un personaje pequeño al que la canción apoda el medio metro miserable, que amenaza otra vez y sabe exactamente dónde golpear. Por eso la protagonista no sale al bosque sino al rellano. Su casa encantada es un bloque de vecinos.

Por qué la mascota muere primero

Hay un verso de la canción que me parece de una precisión terrible. El villano amenaza con los animales, porque sabe que es lo único que le duele, y por eso lo hace. No ataca directamente. Ataca a lo que la protagonista quiere.

El cine de terror conoce bien ese mecanismo. En muchas películas, la primera víctima no es una persona, es el perro, el gato o el canario de la casa. Es un recurso de guion tan repetido que existe hasta una web, «Does the Dog Die?», donde la gente consulta si en una película muere el animal antes de verla. La mascota muerta es el aviso: el monstruo ha entrado y sabe dónde te duele.

Fuera de la pantalla, ese mecanismo tiene un nombre menos cinematográfico. Usar a los animales de alguien para asustarle es una forma de control, y quienes trabajan con víctimas de violencia lo conocen bien: hay maltratadores que amenazan a las mascotas precisamente porque la víctima no se irá sin ellas. La canción lo cuenta con humor negro y pijama, pero no se ríe de eso. Lo señala. Y lo pone en boca de una protagonista que ya está harta de que la amenacen otra vez.

Un villano de medio metro

Los asesinos clásicos del slasher son enormes. Michael Myers camina despacio porque no le hace falta correr. Jason Voorhees, que estrenó su máscara de hockey en la tercera entrega de «Viernes 13», en 1982, parece un armario. Leatherface ocupa el marco entero de la puerta. El tamaño forma parte del miedo: la víctima es pequeña y el monstruo, gigantesco.

La canción le da la vuelta a esa regla desde el primer verso. Su villano es diminuto. Lo llama el medio metro, y ese apodo tiene algo de insulto de patio de colegio y algo de diagnóstico. El monstruo de esta película no da miedo por su fuerza. Da miedo por su mezquindad. Es pequeño de tamaño y pequeño de alma, y precisamente por eso busca el punto débil del otro: no puede ganar de frente.

El cine de terror también tiene villanos pequeños, y el más famoso es un muñeco. En 1988 se estrenó «Muñeco diabólico», con Chucky, un juguete poseído que mide lo que un niño de cuatro años y aterrorizó a toda una generación. Su creador, el guionista Don Mancini, es abiertamente gay, y con los años llevó la saga hacia el camp más descarado. En «La semilla de Chucky», de 2004, el muñeco tiene una criatura que no encaja en ningún género, y la película se ríe a carcajadas del miedo de los padres a un hijo distinto.

Me gusta pensar que el medio metro de la canción tiene algo de Chucky. Es ridículo y peligroso a la vez. Si lo miras de lejos, te ríes. Si lo tienes en el rellano amenazando a tus animales, no tiene ninguna gracia. La letra mantiene las dos cosas sin elegir: lo humilla con el apodo y al mismo tiempo reconoce que sabe hacer daño.

Esa ambivalencia es muy útil para hablar de cierto tipo de acoso. Los acosadores reales casi nunca son gigantes de película. Suelen ser personas corrientes, a veces mezquinas, a veces encantadoras en público, que han aprendido dónde está la herida del otro. Ponerles un apodo y una banda sonora de serie B no los hace menos peligrosos. Pero ayuda a recordar que no son invencibles.

El público que grita a la pantalla

He visto películas de terror en salas llenas de gente del ambiente, y es una experiencia aparte. Se grita, se aplaude, se jalea a la protagonista cuando por fin se da la vuelta y planta cara. Se celebran las frases. Se abuchea al chico guapo que no la cree. El slasher, visto en grupo y con pluma, se vuelve casi una gala.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Igual que en las pelis slasher» de «Igual que en las pelis slasher»

No es casualidad. Durante décadas, el cine comercial ofrecía muy pocos personajes con los que un chaval marica pudiera identificarse sin reservas. La final girl era uno de ellos. Una persona distinta a su grupo, más atenta, menos interesada en ligar, a la que nadie hace caso y que sobrevive gracias a su ingenio. Una persona que pasa toda la película escondiéndose y que en el último acto deja de esconderse.

Leída así, la final girl es una alegoría bastante exacta de muchas adolescencias. Te escondes, te callas, notas antes que nadie lo que pasa, nadie te cree. Y un día sales del armario de la casa de la película con la percha en la mano.

El grito de la canción

El estribillo de la canción alarga un «hola» hasta el límite de lo razonable, con una vocal estirada que tiene algo de llamada y algo de parodia. Es el «hola» de la protagonista que se asoma al sótano. Pero también es el «hola» camp de quien sabe que está en una película y decide exagerarla.

Ese doble registro es muy del género. El slasher siempre ha tenido una pata en el miedo y otra en la risa. Los propios fans se ríen de las decisiones absurdas de los personajes, de la sangre de bote, de los asesinos que se levantan una y otra vez. Y la canción juega en los dos campos: se asusta de verdad y a la vez se pone la bata para salir al rellano.

En el planeta Gayfolk, el exceso no rebaja el miedo. Lo hace soportable. Hay una diferencia entre decir «me amenaza y tengo miedo» y montarle al miedo una película con pregón de mercadillo, gritos de sótano y una salida al descansillo «con pijama y bata». La segunda manera no niega el miedo. Le quita poder.

«Scream» y la superviviente que conoce las reglas

En 1996 llegó «Scream», dirigida por Wes Craven y escrita por Kevin Williamson. Fue la película que reinventó el slasher en los noventa, y lo hizo con una idea genial: sus personajes habían visto todas las películas de miedo y conocían las reglas. Sabían que no hay que decir «ahora vuelvo», que no hay que separarse del grupo, que el asesino siempre vuelve una última vez.

Collage con un detalle de la carátula de «Igual que en las pelis slasher» y las carátulas de «La vecina cotilla», «Andrés», «Vota Malena Gracia», «Como en la matanza de Texas»

Sidney Prescott, la protagonista que interpretó Neve Campbell, es una final girl que sabe que lo es. Y eso la cambia. Ya no se limita a sobrevivir: entiende el guion y lo usa contra el villano. Williamson, que ha hablado públicamente de ser gay, era un fan declarado del cine de terror, y no es raro que tantos espectadores queer la sintieran suya.

La protagonista de la canción también conoce el guion. La letra lo dice casi literalmente al final, cuando compara lo que pasa con lo que exige un buen guion de «La que se avecina», la comedia de vecinos de la televisión española. Es una protagonista que se ve desde fuera, que sabe que su vida se ha convertido en una mezcla de slasher y comedia de rellano, y que decide contarla así. Esa conciencia es su forma de sobrevivir.

La superviviente que da la vuelta a la cámara

En la parte central de la canción, el tono cambia. La protagonista deja de preguntar si hay alguien y se dirige a la gente del rellano con el tono de un pregonero, ofreciendo información detallada sobre el villano, sus horarios y sus actividades. Es el momento en el que la final girl se da la vuelta.

En las películas de Clover, la última chica pasa de ser mirada a mirar. Durante casi todo el metraje, la cámara la sigue desde los ojos del asesino, escondida tras un árbol o una ventana. Al final, ella coge el arma y la mirada cambia de lado. Ahora es ella la que persigue, la que observa, la que sabe dónde está el otro.

La canción hace esa misma inversión, en clave de sátira. El villano que vigilaba y amenazaba se encuentra de pronto con que es él quien está expuesto, convertido en lote de mercadillo. Es una fantasía, y conviene leerla como tal. Los personajes de la letra son inventados, y la subasta es tan real como el cuchillo de goma de una película de serie B. Lo que la canción cuenta no es un plan, es una emoción: el deseo de que, por una vez, el que da miedo sea el que tenga miedo.

Los monstruos del ambiente

El slasher y el colectivo tienen una relación incómoda. Durante mucho tiempo, el cine de terror usó a personajes con identidades de género o sexualidades no normativas como monstruos. «Psicosis», de Alfred Hitchcock, estrenada en 1960, terminaba con un asesino vestido con la ropa de su madre, y esa imagen se repitió en muchas películas posteriores. La crítica queer lleva décadas señalándolo.

Al mismo tiempo, el género se llenó de subtextos que el público del ambiente leyó con avidez. El caso más famoso es «Pesadilla en Elm Street 2: La venganza de Freddy», de 1985, cuyo protagonista masculino ocupa el lugar de la final girl, en una película cargada de guiños homoeróticos. Su actor, Mark Patton, contó años después su experiencia en el documental «Scream, Queen! My Nightmare on Elm Street», de 2019.

La canción toma partido sin dudar. En el planeta Gayfolk, la protagonista asustada es la del colectivo, y el monstruo es el que amenaza. Es la inversión que llevaba tiempo esperando el género: que la final girl sea marica, que salga en bata y que tenga la última palabra.

Una película de terror en un bloque de pisos

Hay un detalle que me encanta de la letra: la protagonista sale de casa de repente, sin vestirse, en pijama y bata, para preguntar a la gente. No sale a un bosque, sale al descansillo. La película de miedo no se rueda en un campamento de verano ni en una mansión victoriana. Se rueda en un bloque cualquiera, con mirilla, ascensor y portero automático.

Ficha de la canción «Igual que en las pelis slasher» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El terror de vecinos tiene su tradición. «La semilla del diablo», de Roman Polanski, estrenada en 1968, convertía un edificio de Nueva York en un nido de vecinos amables y siniestros. «REC», de Jaume Balagueró y Paco Plaza, de 2007, encerraba a todo un bloque de Barcelona en una cuarentena de pesadilla. Y la televisión española lleva años contando el lado cómico de lo mismo, con la comunidad de vecinos como campo de batalla.

La canción junta las dos cosas: el miedo del edificio y la comedia del edificio. La final girl de este bloque no tiene un bosque para correr. Tiene un rellano y una comunidad de vecinos a los que pedir ayuda. En otra canción del catálogo aparece una vecina que lo sabe todo, «La vecina cotilla». En esta, la que sale a la escalera es la protagonista, y la información la lleva ella.

Si el miedo no es de película

Este post habla de cine y de una canción, pero las amenazas que se cuentan en clave de terror existen fuera de la pantalla. Si alguien te está amenazando, te sigue, controla tus movimientos o amenaza a tus animales para hacerte daño, no estás exagerando y no tienes por qué afrontarlo sola ni solo.

En España, si hay peligro inmediato, llama al 112. Si se trata de violencia de género, el 016 atiende las veinticuatro horas, es gratuito y no deja rastro en la factura. Si el miedo te está pudiendo y necesitas hablar con alguien, el 024 también está disponible a cualquier hora. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país. Guardar mensajes, fechas y testigos sirve para denunciar por la vía que protege de verdad, que es la de la ley y no la del rellano.

La final girl de la película se salva sola porque el guion no le deja otra opción. En la vida real conviene tener a alguien al otro lado del teléfono.

Las vecinas de pista

En la lista de 273 singles, «Igual que en las pelis slasher» ocupa el puesto 173. Justo antes está «Andrés», una canción sobre el derecho a no quedar como amigos después de una relación, y justo después llega «Vota Malena Gracia», con su campaña electoral imposible en el planeta Gayfolk. Del adiós sin concesiones al terror de rellano y de ahí a la política camp: esa secuencia resume bastante bien el humor del primer disco.

El cine de terror es casi un género propio en mis letras. Hay una canción que toma prestado el título de un clásico de los setenta, «Como en la matanza de Texas», con un vampiro emocional que arrastra cadenas por el bar. Otra se llama igual que la película de Rob Zombie, «La casa de los mil cadáveres», y otra insulta con el pasillo de terror del videoclub, «La boca». Y «Spoiler» juega con conocer el final de la película antes de que empiece.

Tampoco es la única letra con villanos de doble cara. Hay un coordinador de mentiras en «Asqueroso coordinador» y una galería entera de mascaradas en «Mentes diabólicas». Todos son personajes, y todos comparten una idea: el monstruo de verdad casi nunca lleva máscara de hockey. Lleva sonrisa.

Para quién es esta canción

Para quien alguna vez ha salido al pasillo a preguntar si había alguien, con el corazón en la boca. Para quien ha visto venir el peligro y no ha conseguido que nadie le crea. Para quien creció animando a la chica que sobrevive porque, sin saber muy bien por qué, se reconocía en ella.

Y para quien prefiere contar el miedo con bata, pregón y vocal estirada antes que callárselo. La final girl tiene cincuenta años de historia. En el planeta Gayfolk sale al rellano, mira a la cámara y hace la pregunta que da título a este post. Y esta vez, alguien contesta.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Igual que en las pelis slasher»? De una protagonista que se siente amenazada otra vez por un personaje pequeño y cruel, que la ataca a través de sus animales. La canción lo cuenta como una película de terror de serie B mezclada con un pregón de mercadillo y una comedia de vecinos.

¿Qué es una final girl? Es la expresión que acuñó la profesora Carol J. Clover para la última superviviente de las películas slasher: la chica que nota el peligro antes que nadie, sobrevive y acaba enfrentándose al asesino. Laurie Strode en «Halloween» es el ejemplo clásico.

¿Los personajes de la canción son reales? No. El medio metro, el moreno de las dos caras y el resto de personajes son inventados, como los villanos de cualquier película de terror.

¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía Gayfolk. Es la pista 173 de la lista de singles.

¿Qué hago si alguien me amenaza de verdad? En España, llama al 112 si hay peligro inmediato y al 016 si es violencia de género. El 024 atiende a cualquier hora si necesitas hablar con alguien. Fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las voces se generan con inteligencia artificial.

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