
Por Mike Sain't Louis ·
Colores, letras y gesto: la portada de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» al detalle
En España sabemos leer una esquela antes de saber leer un poema. Las hemos visto pegadas en la puerta de la iglesia, en el tablón del bar del pueblo, en la farola de la esquina, en la última página del periódico que compraba el abuelo. Un recuadro negro, un nombre en mayúsculas, una cruz pequeña, una fecha, una lista de familiares y la hora del funeral. No hace falta que nadie te explique cómo funciona: la mirada va sola de arriba abajo, del nombre a la cruz, de la cruz a los que lo lloran.
Cuando miro la portada de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» veo eso: una esquela puesta de pie. Una esquela con el luto teñido de rosa, sí, y con un difunto que todavía respira, pero con la misma gramática que reconoce cualquiera que haya crecido aquí. Por eso me apetecía mirarla despacio, por partes, como se mira un cuadro. Colores, letras y gesto. En ese orden.
De la canción en sí ya he hablado. En «Contar sillas en mi propio velatorio» repasé la letra verso a verso, con su recuento de amigos, su cura despachado y su homenaje a La que se avecina. Allí dediqué un párrafo a la portada y la resumí en una idea: un luto de color chicle. Hoy quiero quedarme más rato delante de la imagen, porque un párrafo se queda corto. Hay muchas más cosas en ese cuadrado de las que se ven en la miniatura de una lista de reproducción.

«Una columna negra que hace de esquela»
Lo primero que llama la atención es que la portada está partida en dos. A la izquierda, una franja vertical negra que ocupa algo más de un tercio del ancho. A la derecha, la escena: el hombre, la habitación, la flor. No hay transición entre las dos mitades. Es un corte limpio, como si alguien hubiera pegado una tira de papel negro encima de una fotografía.
Esa franja es la esquela. No tiene marco, ni cruz, ni orla, pero funciona igual. Es un espacio negro reservado para el texto, separado de la vida, que es la parte de la derecha, la que tiene color, volumen y luz. Y dentro de esa franja va el título, en seis líneas apiladas:
NADIE HABLARÁ DE MÍ CUANDO HAYA MUERTO
Seis líneas para seis palabras, una por renglón salvo «DE MÍ», que van juntas porque solas no se sostienen. Leído así, el título deja de ser una frase y se convierte en una columna, en una lápida estrecha. Cada palabra pesa lo mismo que la anterior. No hay ninguna más grande para subrayar el drama. La frase entera es el drama, y se lee en el orden en que se leería un epitafio: de arriba abajo, sin prisa, renglón a renglón.
Mayúsculas rosas, estrechas y sin adornos
La tipografía es una letra de palo seco, muy condensada, alta y estrecha. Son mayúsculas apretadas, de esas que se usan en los carteles cuando hay que meter mucho texto en poco sitio y que se lea desde lejos. Tienen algo de rótulo de cine antiguo y algo de titular de prensa sensacionalista. No son letras elegantes ni caligráficas. Son letras que gritan en vertical.
Y son rosas. Un rosa intenso, casi fucsia, que sobre el negro brilla como un neón apagado. Ahí está la primera contradicción de la portada: la forma de la esquela, que pide letras blancas o doradas, sobrias, con serifa, y un color que pertenece a otro sitio, a una discoteca, a un cumpleaños, a una caja de bombones. Es como si la funeraria se hubiera equivocado de pedido y en lugar de las letras de luto le hubieran mandado las del cartel de una fiesta.
El nombre debajo de un adorno
Debajo del título hay un pequeño ornamento, una especie de florón tipográfico con dos líneas que salen a los lados. Es el único detalle decorativo de toda la columna. Y debajo, en una letra más pequeña y de otro color, más clara, casi de cartón viejo, mi nombre: MIKE SAIN'T LOUIS.
En una esquela, el adorno suele ir encima del nombre del difunto. Aquí va encima del nombre del artista. Es decir, del que firma la canción, que es también el que protagoniza el funeral. No sé si se ve a la primera, pero el efecto es que el nombre ocupa el sitio donde iría el «Rogad a Dios por su alma» o la fecha del fallecimiento. La portada no deja claro si estás leyendo el título de un single o el anuncio de un entierro, y esa ambigüedad me parece justo lo que la canción necesita.
«Un rosa que no consuela»
Paso a la mitad derecha. Todo el fondo es rosa. Las paredes, el techo, la luz que entra por la puerta del fondo, el suelo. Es un rosa más apagado que el de las letras, tirando a frambuesa, con sombras que se vuelven granate en las esquinas. No es el rosa alegre de un decorado infantil. Es un rosa que casi parece rojo cuando la luz baja, y eso le da algo inquietante, de habitación de película de terror de los setenta.
Y eso es lo que es, creo: una sala de espera. Un tanatorio, o algo muy parecido. Hay una puerta abierta al fondo con un cuadro de luz más clara. Hay un plafón redondo en el techo. Hay una mesa auxiliar con un jarrón de flores. Todo es funcional, de mobiliario de institución. Si le quitas el rosa, es la sala 3 de cualquier tanatorio de extrarradio a las once de la noche.
El rosa no consuela. Esa es la clave. En lugar de alegrar la escena, la vuelve más rara, más difícil de mirar. Un luto en negro te deja tranquilo, porque sabes dónde estás. Un luto en rosa te obliga a preguntarte qué está pasando.
Dos sillas vacías al fondo
Detrás del hombre, a la izquierda, casi escondidas, hay dos sillas. Son sillas de sala de espera, de estructura metálica y asiento tapizado, iguales, colocadas en fila. Están vacías.
Es el detalle que más me gusta de la portada y el que menos gente ve, porque queda tapado en parte por el hombro del protagonista y porque el ojo se va antes a la cara y a la flor. Pero ahí están. Dos sillas. No quiero forzar la lectura, pero la coincidencia es demasiado buena para no comentarla. Y la canción empieza contando: «Dos amigos, como mucho, / tal vez uno». La letra completa arranca con ese recuento de asistentes, y la portada pone las sillas para esos dos amigos y las deja sin nadie.
El gesto: ojos cerrados, cara mojada
Ahora sí, el hombre. Ocupa casi toda la mitad derecha, de medio cuerpo, ligeramente girado. Tiene la cabeza inclinada hacia abajo y los ojos cerrados. No mira a cámara, no mira a nadie. Es un gesto de recogimiento, de quien está aguantando algo que no quiere que le vean. Tiene la cara mojada, con una lágrima muy visible que baja del ojo a la barba: un llanto contenido, de los que no hacen ruido.
Aquí está la segunda gran contradicción de la imagen, y creo que es la más interesante. El título dice que nadie hablará de mí cuando haya muerto. Es la frase de alguien que imagina su propio funeral vacío. Pero el que llora en la portada, ¿quién es? ¿El difunto que se ve a sí mismo sin nadie? ¿El único amigo que sí ha venido? ¿El último novio, que según la letra «con razón» también se aleja?
Yo lo leo como el difunto llorando en su propio velatorio. El protagonista de la canción, de pie en la sala, viendo las sillas vacías y entendiendo que la profecía se ha cumplido. Es una imagen imposible, claro, porque un muerto no llora. Pero en Planeta Gayfolk las cosas imposibles son lo normal, y esta portada se permite ese truco: el que dice que nadie le llorará es el único que llora.
Los detalles del luto
El traje es negro. La camisa es negra. La corbata es negra. Es un luto completo, sin una sola concesión, de los que ya casi no se ven fuera de los entierros de verdad. Contrasta mucho con el pelo, rizado, alto, con volumen, un peinado cuidado que no es de luto, sino de salir.
Hay un detalle más que no se ve en la miniatura: un pendiente pequeño en forma de cruz, colgando de la oreja. La cruz de la esquela, la que en el periódico va junto al nombre del difunto, aparece aquí en versión joya. Me hace gracia porque la canción tiene una escena con el cura muy poco piadosa, y sin embargo el protagonista lleva su crucecita. Es esa religiosidad española de costumbre, que se lleva puesta aunque uno esté peleado con la iglesia.
Un clavel rosa con su tallo
Y luego está la flor. Abajo a la derecha, sobre la solapa del traje o un poco más abajo, hay un clavel rosa. Grande, abierto, con todos sus pétalos rizados, y con el tallo verde y una hoja que bajan en diagonal sobre la tela negra. No es un clavel de ojal recortado. Tiene su tallo entero, como si alguien lo hubiera cogido de una corona y se lo hubiera puesto ahí sin pensarlo mucho.
El clavel es una flor muy nuestra. Es la flor de la copla, de la feria, de las manolas, de la chaquetilla del torero. También es una flor de entierro, más barata que el lirio y que la rosa, de las que llenan las coronas de los tanatorios. Y el clavel rosa, en concreto, tiene un significado de cariño, de recuerdo. Y su tallo pone el único verde de toda la imagen.
Para mí, el clavel es la pequeña esperanza de la portada. Todo es luto, todo es rosa enfermizo, todo es sala vacía. Pero alguien ha dejado una flor. Puede que la haya traído el amigo que sí vino. Puede que se la haya puesto el propio protagonista, para no ir al entierro sin nada. Sea como sea, la flor dice que al menos una persona sí se acordó.
El borde gastado de foto antigua
Vuelvo al desgaste que mencionaba al principio. Toda la portada tiene un borde irregular, de color sepia, con arañazos, como el de una fotografía vieja guardada en una caja de zapatos o como la funda de un disco de vinilo muy manoseado. En la esquina inferior derecha hay incluso una marca de doblez, una línea clara que cruza el borde.
Ese borde cambia el tiempo de la imagen. Sin él, la portada sería una foto de hoy. Con él, parece un recuerdo. Algo que alguien encuentra años después en un cajón: la foto del funeral de aquel que, efectivamente, ya nadie recuerda. Y eso encaja con uno de los momentos más duros de la letra, el de las dos semanas después, cuando todo es pasado y será como si nunca hubieras existido.
La portada no es solo el funeral. Es la foto del funeral, ya vieja, ya doblada. El olvido ya ha llegado.
Leerla de arriba abajo
Si junto todo, la portada se lee en este orden. Primero, la columna negra con el título: la esquela. Luego, el nombre: el difunto. Luego, la cara con los ojos cerrados: el duelo. Luego, la flor: el único gesto de cariño. Luego, si miras bien, las sillas vacías: los que no vinieron. Y por último, el borde gastado: el tiempo que pasa y lo borra todo.
Es el mismo recorrido que hace la canción, solo que en una sola imagen. Por eso me gusta tanto esta portada.
Dónde verla y descargarla
Si quieres verla grande, sin la compresión de las plataformas, está en la galería junto con el resto de carteles, y se puede descargar en buena resolución desde la sección de descargas de singles. Merece la pena verla en tamaño completo, porque las dos sillas, el pendiente y el doblez del borde desaparecen en la miniatura del móvil. La canción y el resto del catálogo están en la página de singles.
En Planeta Gayfolk también escribimos sobre portadas, fiestas y muertes de mentira, en otro tono y con otra voz. Si te apetece seguir leyendo, en el Diario de gayfolkplanet.com hay mucho más.
Y una última cosa, porque la canción juega con la muerte y no todo el mundo la escucha en el mismo momento. Si al leer esto piensas que de verdad nadie se acordaría de ti, o tienes ideas de quitarte la vida, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, al 112. Esta portada es un juego. Tu vida no lo es, y hay gente que sí hablaría de ti.