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Defensa del ¡ay!: por qué las palabras que no significan nada sostienen mis canciones
Mike Sain't Louis, artista indie alternativo de Madrid y «el primer cantautor IA», firma una columna sobre las interjecciones, esas piedras que se lanzan en mitad de la frase, y sobre el «¡Ay, mi madre!» que más gente recuerda de su disco

Madrid, 25 de octubre de 2026.
Por Mike Sain't Louis
Hay palabras que no significan nada y lo dicen todo. Llevo un tiempo pensando en ellas porque, cuando reviso mis letras, me las encuentro por todas partes, como migas de pan que fui dejando sin darme cuenta.
Me llamo Mike Sain't Louis, vivo en Madrid y me presento como «el primer cantautor IA». Soy un artista indie alternativo: escribo todas mis letras, y la música y la interpretación vocal las produzco con inteligencia artificial, que dirijo como herramienta. Lo que no hace ninguna herramienta por mí es elegir dónde va un ¡ay! Eso es cosa mía. Y de eso va esta columna.
La línea que no dice nada
En «Vas a escuchar un disco muy raro», del disco «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», hay un momento en el que la letra deja de describir y simplemente exclama. Antes he pedido que quien venga con prejuicios se haga a un lado, he hablado de unos músicos liantes que no hacen las cosas como las de antes. Y entonces la canción suelta un «¡Ay, mi madre!».
No informa. No avanza la historia. No añade ningún dato. Y, sin embargo, sospecho que es la línea que más gente recuerda. Es lo que tienen los suspiros: se quedan cuando la estrofa ya se ha olvidado.
Una piedra en el agua
La palabra interjección viene del latín interiectio, que quiere decir algo así como lo que se arroja en medio. Me encanta esa imagen. Una interjección es una piedra que alguien tira en mitad de la frase. No tiene sujeto ni predicado, no se conjuga. Cae y ya está. Y el agua de la frase se mueve alrededor.
Durante mucho tiempo los gramáticos no supieron dónde ponerlas. Unos decían que ni siquiera eran palabras, que eran ruidos, como el crujido de una puerta. Otros las veían como oraciones enteras comprimidas en una sílaba. La Real Academia, en su gramática grande de 2009, se acerca a esta segunda idea: las interjecciones forman enunciados por sí solas. Un ¡ay! es una frase completa.
Cualquiera que escriba canciones lo sabe. Cuando pongo un ay al principio de un verso, no estoy decorando. Estoy haciendo el trabajo de una estrofa. El porqué, el quién y el cómo quedan condensados en ese suspiro, y el oyente los completa solo.
Lo que dijo Jakobson
El lingüista Roman Jakobson, en una conferencia de 1960 que se estudia en todas las facultades, dividió el lenguaje en funciones. Una era la emotiva, la que expresa la actitud de quien habla. Y escribió que su estrato más puro lo representan las interjecciones.
Traducido a mi idioma de compositor: si quieres ver la emoción sin mezcla de información, mira las interjecciones. Son el sitio donde el idioma deja de explicar y empieza a sentir. Una interjección no se piensa. Se escapa.
Las de toda la vida y las prestadas
La gramática distingue dos familias. Las propias solo sirven para eso: ay, oh, uf, eh, bah. Son sonidos que el idioma domesticó pero que conservan algo de animal, de cuerpo que se queja antes de que la cabeza decida qué decir.
Las impropias son palabras normales que se prestan al grito. Vaya, que es un verbo. Anda, que es otro. Hombre, que es un sustantivo. Ojalá, que tiene historia propia. Cuando alguien dice «¡anda!» no está mandando a nadie a caminar.
En mis canciones conviven las dos, pero confieso debilidad por las impropias. Las propias existen con pequeñas variaciones en casi todos los idiomas. Las impropias tienen acento. Huelen a portal, a mercado, a vecina que comenta la vida de todo el edificio desde el balcón. Y gran parte de lo que escribo sale de ese habla.
Un saludo a México
Escribo esto pensando en quien me lea desde México, porque pocos lugares tienen una colección de interjecciones impropias tan rica. El ¡órale! que sirve para animar, para aceptar y para asombrarse. El ¡híjole! que resume una mala noticia mejor que un párrafo. El ¡ándale!, el ¡ay, güey! Son palabras que ya no significan lo que significaban y precisamente por eso lo dicen todo. Si mi «¡Ay, mi madre!» les suena a algo, es porque hablamos el mismo idioma de la exclamación, aunque cada uno con su acento.
El ay, la palabra más vieja de la canción
Termino con la reina. El ¡ay! es probablemente la interjección más usada del español y la más antigua en la canción popular. Está en las jarchas, en los romances, en las coplas, en el flamenco. Cuando la pongo en una letra, aunque sea en un tema de electropop con humor y camp, siento que estoy tirando de un hilo muy largo.
Mi proyecto se llama PLANETA GAYFOLK. Son 273 singles y más de 280 videoclips que me llevaron unos dos años, repartidos en una trilogía: «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y «El día de la liberación». Hablo de amor, de desamor, de exnovios, de vecinas cotillas, de la vida queer en España, de liberación y de salud mental. Hay temas que son pura fiesta y otros donde convierto en música, con ayuda profesional, años de relaciones con parejas narcisistas. En todos, tarde o temprano, se me escapa un ay.
Dónde escuchar
Toda mi música se escucha y se descarga gratis en https://mikesaintlouis.com, con la letra de cada canción. También está en Spotify, Deezer y las principales plataformas. La versión larga de este texto está en mi blog: https://mikesaintlouis.com/blog/ay-mi-madre-interjecciones-y-exclamaciones-en-mis-letras
Acerca del autor
Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical, director artístico y CEO de su propio sello independiente, MIKE SAIN'T LOUIS, sin disquera ni intermediarios. Su pop alternativo queer, descarado y sin censura, viaja del electropop a la copla y de la balada al pop alternativo, en español, inglés, francés y portugués. Mucha gente lo conoció en 2024 gracias a «Tan Cateto», que se hizo viral en TikTok.
Contacto de prensa
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