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Una hoguera que echa humo verde y una pluma en la baranda: «Green Fire» y la orilla de Planeta Gayfolk

Algunas playas de mi planeta se ven mejor de noche, con una hoguera encendida y gente alrededor. En la de «Green Fire», la hoguera hace algo que las hogueras normales no hacen: suelta un humo verde, espeso, que sube en columna hacia la luna llena y acaba pintando el cielo entero. A partir de ahí, nada vuelve a ser normal en el vídeo.

En las próximas líneas cuento ese clip de principio a fin, tal como se ve. Como la letra de «Green Fire» aún no está colgada en mi web, no copio ningún verso suyo; los pocos que aparecen aquí son de otras canciones mías que ya tienen la letra publicada. Todo lo demás es lo que ocurre ante la cámara desde el cartel hasta el último fotograma.

Y una presentación breve: me llamo Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con esas canciones he ido inventando Planeta Gayfolk, un mundo con sus playas, sus fiestas y sus noches raras. Esta es una de las orillas más cálidas que tiene.

Un domingo de octubre, cuatro minutos junto al fuego

El clip de «Green Fire» llegó a YouTube el domingo 12 de octubre de 2025, a las cinco y veintiocho de la tarde, hora de Madrid. Es de los largos: 4:24. Pertenece a «El día de la liberación», que cierra la trilogía, y ocupa el puesto 130 de mis 273 canciones. Todo eso está en la ficha de «Green Fire», y el vídeo entero puede verse en la página del clip en Planeta Gayfolk.

Debajo del vídeo no dejé un texto, solo etiquetas. Hablan de reggae, de raíces, de buena energía, de libertad espiritual, de paz, de unión y de «one love». Con eso ya se intuye el ambiente: no es una canción para bailar en una pista con luces, sino para sentarse en la arena con los tuyos.

El cartel: tres siluetas y una maleta

El primer plano es el cartel. Tres personas de espaldas miran el mar de noche, bajo una luna llena enorme. A la izquierda, un chico con rastas y un gorro de lana a rayas rojas, amarillas y verdes. En el centro, una chica de pelo largo con falda roja. A la derecha, otro chico con sombrero y camisa de flores. A sus pies, en la orilla, hay una maleta pequeña, de esas antiguas de esquinas redondeadas.

Ilustración sin personas de una playa al anochecer con una maleta antigua sobre la arena, una pluma blanca encima y una pequeña hoguera cuyo humo verde sube en espiral hacia la luna llena

En la esquina superior, con letra gorda, el rótulo: «GREEN» en verde y «FIRE» en blanco. Abajo, mi nombre.

Me gusta mucho esa maleta. No vuelve a tener protagonismo, pero está ahí desde el primer segundo, y cambia la lectura de todo lo demás. Esta gente no vive en la playa. Ha llegado. O se va a ir. El clip entero tiene algo de última tarde de vacaciones, cuando sabes que mañana hay que hacer la maleta y por eso miras el mar con más atención.

Caminar por la orilla al atardecer

Las primeras escenas son de luz dorada. Un grupo de amigos camina por la arena, descalzos, entre palmeras. Ellos llevan rastas, gorros de colores, camisas abiertas y collares; ellas, vestidos de tirantes, faldas largas y pulseras. El sol está tan bajo que les dibuja un contorno de fuego alrededor del pelo. A veces caminan de frente hacia la cámara, a veces de espaldas, hacia el agua. En uno de los planos atraviesan un sendero bajo los árboles, con la luz colándose en rayos entre las hojas.

Nadie corre. Nadie tiene prisa. Van hablando, se ríen, uno pasa el brazo por los hombros de otro. Hay planos en los que se paran y miran el horizonte en silencio, como si estuvieran esperando a que el sol terminara de bajar para poder empezar la noche.

Hay también un detalle curioso en uno de esos paseos: en la arena hay una cámara de cine sobre un trípode, apuntando al grupo, y una maleta con ruedas al lado de la chica. El vídeo se deja ver un poco por dentro. Están de viaje y alguien está grabando el viaje. Igual que cuando, años después, encuentras un vídeo de unas vacaciones y te das cuenta de que lo más bonito no era el sitio, sino quién estaba.

La bandera en la arena

En algunos planos del atardecer aparece una bandera clavada en la arena, de franjas verde, amarilla y roja, que ondea con el viento del mar. Son los mismos colores de los gorros de lana del grupo. No hay discurso alrededor de ella: está ahí, como estaría la toalla de alguien.

Me gusta que el vídeo no explique nada. Los colores están en los gorros, en las pulseras, en la bandera, y luego, al hacerse de noche, el verde se queda solo y se lo come todo. Es como si el color de una tela se escapara y se convirtiera en luz.

Sentados alrededor de una hoguera pequeña

Cuando cae el sol, el grupo se sienta en la arena. Primero alrededor de una hoguera pequeña, de llama naranja, de esas que se encienden con cuatro maderas. Se ven caras iluminadas desde abajo, manos que gesticulan, alguien que se lleva las manos a la boca como quien reza o como quien está a punto de contar un secreto.

Hay un plano precioso de tres amigos sentados con las piernas cruzadas, de perfil, delante del sol que se pone: un chico con rastas, una chica con un vestido de flores y un chico con el gorro de rayas. Dos de ellos tienen las manos juntas delante de la cara; el del gorro mira al frente con los brazos sobre las rodillas. No sé si están pidiendo un deseo o simplemente callados. Pero es el momento más tranquilo del vídeo.

En otros planos, ya de noche, el grupo es más grande. Están sentados en corro, con la hoguera en el centro y el cielo lleno de estrellas detrás. Alguien ha puesto unas velas en la arena. El fuego crece.

El primer humo verde

Y entonces pasa. En un plano general de la playa, de noche, con unas lucecitas de casas lejos, la hoguera suelta una columna de humo verde, brillante, casi fosforito. No es humo gris tintado: es verde de verdad, como si saliera de una lámpara.

A partir de ese momento, el verde se va colando en todo. Aparece en el cielo, detrás de las palmeras, mezclado con las nubes. Aparece en el agua, en reflejos que no deberían estar ahí. Aparece alrededor de los amigos cuando se quedan de pie en la orilla mirando la luna. Es el «fuego verde» del título, y el clip lo trata como una pequeña magia que nadie se para a explicar.

Lo que más me gusta de ese humo es que no asusta a nadie. Nadie se levanta, nadie se aparta. El grupo sigue sentado, mirando cómo sube. Para ellos, que una hoguera de playa eche luz verde entra dentro de lo esperable.

La fiesta de las luces

Hacia la mitad del vídeo, la noche se convierte en fiesta. En la arena hay mucha más gente bailando alrededor de un fuego grande, con palmeras alrededor y unas estelas de neón, moradas, verdes y rosas, que cruzan el encuadre como si alguien moviera bengalas a toda velocidad. Hay tambores en la arena, latas, gente con los brazos en alto.

Es el único momento del vídeo con mucho movimiento. Dura poco. Después de la fiesta, el clip vuelve a la calma, como esas noches en las que bailas un rato y luego te sientas a mirar el mar con dos personas, las de siempre.

Antes de la fiesta hay un plano que me encanta: cuatro amigos de pie en la orilla, de noche, con la luna llena delante y una nube de humo verde que sube desde la izquierda, enroscándose. Parecen cuatro personas delante de una ventana que da a otro mundo.

Tres colores que se convierten en uno

Si te fijas solo en el color, el vídeo cuenta una historia propia. Al principio todo es naranja y oro: el sol bajo, la piel tostada, la arena. Luego entran el rojo, el amarillo y el verde de los gorros, de las pulseras y de la bandera, siempre juntos, siempre en tela. Con la noche, el rojo y el amarillo se quedan en las brasas, y el verde se suelta de la tela y sube al aire en forma de humo.

Desde ahí, el verde manda. Tiñe la luna, se mete en las nubes, se refleja en el agua. Y cuando por fin amanece, el clip lo cambia por rosas, violetas y turquesas, como si el verde hubiera hecho su trabajo y pudiera descansar. El último color que vemos, en el caleidoscopio, es un morado que nadie llevaba puesto al principio.

Me gusta pensar que eso es una pequeña liberación de colores: lo que empezó cosido a un gorro de lana acaba girando libre en la pantalla. En otra orilla de mi planeta, la de «Breeze», también se respira esa calma de después.

Una aurora sobre el trópico

Y el otro mundo aparece. Hay un plano de la playa vacía, sin nadie, con la luna llena en el centro y una aurora verde que se arquea de un lado a otro del cielo. Las palmeras, a la izquierda, se recortan negras contra el verde. El agua está quieta y lo refleja todo: la luna, la aurora y una línea de espuma azul que dibuja la orilla.

Es una imposibilidad: una aurora sobre una playa de palmeras. Pero en mi planeta pasa. Otras auroras de mi catálogo se miran con abrigo y desde lejos. Esta se mira descalzo, con la arena todavía caliente.

La hoguera sola

Después, el vídeo se queda un buen rato con la hoguera sin gente. Primero, una hoguera en la arena con una columna de humo verde altísima, que sube recta hacia el cielo estrellado, entre palmeras, con unas casetas de playa iluminadas en la distancia. Las brasas dibujan un abanico naranja sobre la arena.

Fotograma del videoclip de «Green Fire»: una hoguera sola en la arena de noche, con una columna de humo verde brillante que sube entre palmeras

Luego, la misma idea en otro sitio: una hoguera pequeña encendida sobre un muelle de piedra o un espigón, junto al mar oscuro, con el humo verde que se inclina por el viento. En algunos planos se ve el agua iluminada por el fuego y unas luces de barcos al fondo.

Es una secuencia larga y tranquila. No pasa nada, salvo que el fuego sigue encendido. Y a mí eso me parece una forma muy bonita de decir algo: que lo que encendimos juntos sigue ahí aunque ya no estemos sentados alrededor.

Torres de cristal sobre el mar

Entonces el vídeo cambia de luz por completo. Amanece. La arena es rosa, la espuma es violeta y el mar tiene un turquesa casi irreal. Al fondo, sobre el agua, aparecen unas torres de cristal enormes, como conchas o como agujas de una catedral transparente, que reflejan todos los colores del cielo.

Cuatro fotogramas del videoclip de «Green Fire»: un arcoíris sobre olas que rompen en rocas negras, unas torres de cristal irisado sobre el mar al amanecer, dos manos que sostienen una pluma blanca sobre una baranda de hierro y dos muñecos de juguete con chaqueta en el agua ante castillos de arena

Las torres salen en varios planos, siempre lejos, nunca de cerca. Nadie camina hacia ellas. Son como la ciudad de Planeta Gayfolk vista desde la orilla: está ahí, brilla, pero todavía no hemos llegado. Me recuerdan a las casas de cristal de otros clips míos, pero aquí no hay nadie dentro. Solo luz.

Un arcoíris sobre las rocas

Le sigue uno de los planos más sencillos y más bonitos del clip: olas que rompen contra unas rocas negras, con mucha espuma blanca, y un arcoíris completo, de lado a lado, sobre el agua. El cielo es de un azul suave, con nubes. El mar está movido. El arcoíris no se mueve.

En «Dark corners» escribí un verso que dice justo lo contrario de lo que se ve aquí:

Ain’t no rainbow in my sky

Me gusta pensar que «Green Fire» es la respuesta, años luz después. Aquel cielo sin arcoíris de los rincones oscuros es, aquí, un cielo con arcoíris sobre las rocas. No lo planeé así, pero al ponerlos juntos me doy cuenta de que el planeta también tiene memoria. Y de que, en algún momento, el arcoíris vuelve, como vuelve la marea.

Después hay unos planos del sol muy bajo sobre el horizonte, con olas turquesas que llegan a la arena y dejan líneas de espuma brillante, casi como trazos de rotulador. Es un mar de postal de verano, y es la última vez que el vídeo enseña el mar.

Una pluma en la baranda

Y de pronto estamos en otro sitio. Una baranda de hierro forjado, negra, con volutas, sobre un paisaje de campos y cipreses. Una mano de hombre, con una pulsera plateada, se apoya en la barandilla. Pasa volando una golondrina.

En los planos siguientes aparece una pluma blanca. Flota sobre la mano, se queda suspendida en el aire, y luego dos manos la sujetan con cuidado por encima de la baranda, como quien sostiene algo que pesa mucho más de lo que pesa. Al final, la mano la suelta y la pluma se va.

Es la escena más íntima del clip. No hay cara, no hay grupo, no hay fuego. Solo una mano, una pluma y el viento. Para mí es una despedida: de las vacaciones, de la maleta del principio, de algo o de alguien. Soltar una pluma es la forma más suave de dejar ir.

Y en Planeta Gayfolk una pluma nunca es solo una pluma. En la canción que da nombre al planeta hay un verso que usa la palabra en el sentido que todos conocemos aquí:

Tienes pluma y eres afeminado,

Y en «Soy marica sideral» respondo a esa misma acusación con otro verso:

no es mi pluma el problema.

Ver a alguien sostener una pluma con tanto cuidado, como si fuera un tesoro, me parece una pequeña reparación de todas las veces que nos la echaron en cara.

Muñecos de juguete entre mariposas

El tramo final es el más inesperado de todo el vídeo. El realismo desaparece y entran unos muñecos de juguete, de esos de piezas encajables, con manos en forma de pinza y pelo de plástico.

Primero, dos de ellos de espaldas y de frente ante un sol naranja enorme: uno con camiseta roja, otro con un traje azul con dibujos en blanco. Una mariposa azul pasa volando junto a ellos. Luego, otros dos sobre una colina, entre dos árboles sin hojas, rodeados de mariposas naranjas y amarillas que revolotean. Y, por último, dos muñecos con chaqueta, uno oscuro y otro gris, con el agua por la cintura, con unos castillos de arena gigantes detrás, de color miel, que parecen torres de una ciudad antigua.

Siempre van de dos en dos. Siempre miran hacia el mismo sitio. Yo los veo como dos amigos, o dos novios, que se han quedado a ver cómo termina el día. Después de todo el grupo, la fiesta, el fuego y la aurora, el vídeo acaba reduciéndolo todo a lo más pequeño: dos figuritas de juguete que comparten un atardecer.

Un estallido de luz y un caleidoscopio

Los últimos segundos son pura luz. Primero, un estallido turquesa en el centro de la pantalla, rodeado de nubes moradas que se mueven como humo. Luego, un prado de tallos altos, de noche, con cada brizna encendida de un morado eléctrico, mecidas por el viento. Y al final, un caleidoscopio: formas en estrella que giran y se multiplican, blancas, moradas y turquesas, hasta que el vídeo se apaga.

Es como si el fuego verde del principio, después de pasar por la playa, el cielo, el mar y la baranda, acabara convertido en una flor de colores que gira sola.

Lo que el fuego me deja

«Green Fire» no habla de dolor, y eso para mí ya dice mucho. Vengo de dos relaciones con personas narcisistas que se llevaron veinte años de mi vida; cuando su máscara cayó, lograron que buena parte de mi entorno me diera la espalda. Me dejaron estrés postraumático, depresión mayor, ansiedad, miedo a la gente (fobia social) y evitación como rasgo de personalidad diagnosticado. Me tratan una psiquiatra y una psicóloga, y hubo un tiempo en que pensé en acabar con mi vida.

Lo cuento porque una canción así, que solo quiere sentarse junto a una hoguera con gente que te quiere, entonces me habría parecido de otro planeta. Las canciones me sirvieron para sacar lo que llevaba dentro. Esta, en cambio, me sirvió para descubrir que también podía guardar cosas bonitas.

Si ahora mismo estás en un sitio oscuro, no tienes que salir de él sin ayuda. En España puedes llamar gratis al 024, a cualquier hora: atienden a quien piensa en el suicidio y también a familiares y amigos preocupados. Si la situación es urgente, marca el 112. Desde otros países, findahelpline.com te dice a qué número llamar. Y busca tu hoguera: una o dos personas con las que sentarte, aunque sea en silencio.

Fuego en otras canciones

El fuego aparece a menudo en mi planeta, y casi nunca es el mismo. En «Al fuego» es un fuego que limpia:

Foto real de Mike Sain't Louis junto a un verso de «Al fuego»: «He tirado todo al fuego»
He tirado todo al fuego

En «Tattoo de fénix» es un fuego que te hace renacer en la pista:

Tattoo de fénix, fuego en movimiento,

Y en «Green Fire» es un fuego que reúne. No quema nada, no destruye nada, no hace falta renacer de ninguna ceniza. Solo hay que sentarse cerca.

Su sitio en el último disco de la trilogía

La canción vive en el álbum de la liberación, el disco que mira hacia delante. Tiene sentido que esté ahí. No cuenta una historia de amor ni de desamor: cuenta un lugar donde se puede estar, y gente con la que estar.

Para escucharla

Puedes oír y llevarte gratis toda mi música desde la página de descargas, sin crear usuario y sin gastar un euro. «Green Fire» está allí, junto a todas las demás.

Mi consejo: ponla al atardecer, con gente o sin ella, en una terraza, en un balcón o con la ventana abierta. Y quédate hasta el caleidoscopio.

Tres momentos que no hay que perderse

El primero, la maleta del cartel. Está en el primer segundo y casi nadie se fija. Cambia el sentido de todo lo que viene después.

El segundo, la aurora sobre las palmeras. Ahí no aparece ni una persona, pero están y con todos los colores del título a la vez.

El tercero, las dos manos que sostienen la pluma sobre la baranda. Mira lo despacio que la sueltan.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo salió el videoclip de «Green Fire»? El domingo 12 de octubre de 2025, a las 17:28 (hora de Madrid), en YouTube. Dura cuatro minutos y veinticuatro segundos.

¿De qué disco es «Green Fire»? Del álbum «El día de la liberación», tercero y último de la trilogía. Ocupa el número 130 en mi lista completa.

¿Qué escenas tiene el clip? Un grupo de amigos en una playa tropical al atardecer, una hoguera cuyo humo se vuelve verde, una fiesta con luces de neón, una aurora verde bajo la luna llena, torres de cristal sobre el mar, un arcoíris sobre las rocas, una mano que suelta una pluma desde una baranda, muñecos de juguete entre mariposas y un caleidoscopio final.

¿Qué es el «fuego verde» del título? En el vídeo es literal: una hoguera de playa que suelta humo verde y acaba tiñendo el cielo. Es la imagen que une todo el clip, de la tarde con amigos a la aurora.

¿Cuánto cuesta bajarla? Nada. Toda mi música se baja gratis, sin registrarse, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.

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