
Por Mike Sain't Louis ·
Un tacón que levanta polvo, un zapato junto al mar y un corro en el patio: los zapatos de Planeta Gayfolk
Casi nunca miramos los pies de la gente. Miramos caras, manos, ropa. Los pies quedan abajo, lejos, tapados por zapatos que solo vemos de reojo. Y sin embargo los pies cuentan muchísimo. Dicen si alguien tiene prisa o está cansado, si va a una fiesta o vuelve de trabajar, si pisa fuerte o camina de puntillas para no molestar. Los zapatos son la parte de nosotros que toca el mundo.
Llevo tiempo queriendo escribir sobre los pies de Planeta Gayfolk, y por fin he encontrado la excusa perfecta: un videoclip en el que la cámara se agacha una y otra vez para mirar los zapatos. Tacones que golpean, que levantan polvo, que marcan el ritmo. Pies que pisan madera, piedra, arena. Es un clip que se escucha con los ojos puestos en el suelo.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con mis canciones he ido levantando un mundo que llamo Planeta Gayfolk, y hoy quiero bajar la mirada y recorrerlo a ras de suelo. La guía es «Con el taconeo», una canción que ya lleva los zapatos en el título.
La guía: un clip que se mira desde el suelo
El videoclip de «Con el taconeo» se publicó en YouTube el lunes 6 de octubre de 2025 y dura cinco minutos y cuatro segundos. En mi canal ocupa el puesto 67 de 276. La canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía.
Lo puedes ver completo en el reproductor de Planeta Gayfolk. La letra todavía no está publicada, así que esta vez no citaré versos. Pero el título ya lo dice todo. El taconeo es ese golpe rítmico del tacón contra el suelo que en el baile flamenco funciona como un instrumento más. No acompaña la música: la hace.
El clip empieza lejos de los pies, eso sí. Una bailaora con vestido blanco levanta los brazos junto a un río al atardecer, con montañas azules al fondo. Pero muy pronto la cámara baja. Y ya no vuelve a subir del todo.
Una bailaora junto al río
El clip empieza y casi termina en el mismo sitio: la orilla de un río. Al principio, al atardecer, una mujer con un vestido blanco de volantes levanta los brazos sobre la ribera, con montañas azuladas al fondo y el agua quieta reflejando el cielo. Más adelante vuelve a aparecer, ya de noche, con una luna pequeña sobre el horizonte, girando sobre sí misma mientras el vestido se abre como una flor.
No vemos sus pies en esos planos. Están entre la hierba y las piedras de la orilla. Pero sabemos que están descalzos o casi, porque el suelo de un río no es para tacones. Me gusta que el clip empiece con esa libertad: antes de la madera, del polvo y del golpe, hay alguien que baila en la naturaleza sin hacer ruido. Como si el taconeo tuviera que aprenderse después, cuando ya sabes que quieres que te oigan.
Farolillos que suben
Hay un plano nocturno que parece salido de un cuento. Una bailaora con falda roja muy amplia gira en un jardín de noche, y a su alrededor flotan farolillos de papel encendidos que suben despacio hacia un cielo con un árbol lleno de flores rosas. La luz de los farolillos le tiñe la falda de naranja.
Los farolillos que se sueltan al cielo se usan en muchas partes del mundo para despedir algo o para pedir un deseo. Ver a alguien bailar mientras suben me parece una manera preciosa de decir que el baile también es una forma de rezar. Cada golpe de tacón, un deseo. Cada giro, una despedida.
Unos tacones bordados
Hacia el segundo 41 aparece el primer gran plano de zapatos. Sobre un suelo de tablas de madera viejas, iluminado por una luz cálida que entra de lado, dos pies con zapatos de tacón negros, bordados con hilo dorado, golpean el suelo. Al hacerlo, levantan una nube de polvo que brilla a contraluz como si fuera humo dorado. El vuelo de una falda negra roza los tobillos.

Es un plano precioso y, al mismo tiempo, muy físico. Se nota el peso, el golpe, la fuerza. Esos tacones no son de adorno. Son herramientas. Cada golpe sacude el polvo acumulado en la madera, como si el baile estuviera despertando una casa que llevaba años dormida.
Me fascina ese polvo. Es la prueba de que el suelo estaba quieto, de que nadie había bailado ahí en mucho tiempo. Y el taconeo lo levanta, lo pone a flotar, lo convierte en luz.
Un tacón que no para
El polvo vuelve varias veces a lo largo del clip. Hacia el segundo 223, un pie se eleva en el aire, a punto de golpear, y debajo el suelo ya está envuelto en una nube blanca y dorada. Unos segundos después, hacia el 244, unos zapatos negros de tacón ancho, con unas medias oscuras, pisan las tablas mientras el humo de polvo se extiende detrás, hacia unas ventanas por las que entra el sol.
En estos planos no hay caras. Solo pies, faldas, piernas, polvo y luz. Y no hace falta más. El baile está completo. El cuerpo entero se concentra en ese punto donde el tacón toca la madera.
Pienso en la palabra «taconear» y en todo lo que significa. Taconear es hacerse oír. Es avisar de que llegas. Es reclamar el suelo que pisas. En un mundo que durante tanto tiempo nos pidió que camináramos en silencio, que no hiciéramos ruido, que pasáramos desapercibidos, taconear es un acto de valentía.
Un zapato junto al mar
Hay un zapato en el clip que no está sobre madera. Hacia el segundo 112, un pie con zapato negro de tacón y tira al tobillo se apoya sobre la arena húmeda de una playa. Al fondo, el mar azul, tranquilo, y el cielo pálido de una tarde de verano. Por arriba asoma el borde de una falda roja.

Es una imagen extraña y bonita. El tacón no está hecho para la arena: se hunde, se tuerce, se llena de granos. Y sin embargo ahí está, firme, en la orilla. Me parece la imagen de alguien que lleva su forma de ser a lugares donde no se espera. Que no se cambia de zapatos para encajar. Que baja a la playa con tacones porque quiere.
Corros vistos desde arriba
El clip tiene otro punto de vista que disfruto mucho mirando, y no es el de los pies sino el del cielo. Hay varios planos cenitales, tomados desde lo alto, en los que vemos a grupos de bailaoras en un salón de suelo de madera. Desde ahí arriba solo se distinguen las faldas abiertas, que parecen flores, y los brazos levantados.

Hacia el segundo 92, un grupo con faldas granates y negras ocupa el suelo entero, cada una en su sitio, como piezas de un tablero. Hacia el 142, en un salón de paredes de piedra, varias personas forman un corro cogidas de las manos, girando alrededor de un centro vacío. Desde arriba parece un reloj, o un sol.
Lo bonito de estos planos es que los zapatos desaparecen, pero el ritmo sigue. Desde arriba no ves los tacones, pero sabes que están golpeando. Lo intuyes por el movimiento de las faldas, por la forma del corro. Es el taconeo visto desde el cielo.
Guitarras bajo los naranjos
Los zapatos no bailan solos en «Con el taconeo». Hay guitarras. Varias veces aparece un grupo de guitarristas sentados en sillas de madera bajo unos naranjos cargados de fruta, de noche, con farolillos colgados de las ramas. Tocan juntos, en semicírculo, como en una fiesta de patio.
Hacia el segundo 102 hay un primer plano de unas manos sobre una guitarra española de madera clara: los dedos de la izquierda apretando las cuerdas en el mástil, los de la derecha rasgueando sobre la boca. No hay cara. Solo manos y madera.
Me gusta que en el clip los pies y las manos tengan el mismo protagonismo. Las manos tocan la guitarra; los pies tocan el suelo. Las dos cosas son música. Y las dos están hechas de madera: la guitarra y las tablas del salón.
Calles blancas y patios
Las bailaoras de «Con el taconeo» no se quedan en el salón. Salen a la calle. Hay planos en callejuelas encaladas, de paredes blancas cuajadas de macetas con geranios rojos, donde una mujer con vestido turquesa gira sobre el empedrado. Hay otro con un vestido rojo de volantes, en una calle igual de blanca, con buganvillas moradas cayendo de un balcón. Y hay uno con un vestido negro que se abre como un ala en un patio de columnas y azulejos.
Esas calles me recuerdan que el baile no necesita escenario. Se puede taconear en una plaza, en un callejón, en el patio de una casa. El suelo de piedra suena distinto que la madera, más seco, más brillante. Pero también suena. Y cada suelo guarda el eco de todos los pasos que lo han pisado.
Los colores de las faldas
Si los zapatos son casi todos negros, las faldas son una fiesta de colores. Blanco junto al río, turquesa en la calle, rojo bajo los farolillos, granate en el salón, amarillo junto a una fuente, azul pálido en el desierto al atardecer. Cada falda tiene su luz y su paisaje.
Me gusta esa combinación. Abajo, el negro firme del zapato, que golpea y marca el ritmo. Arriba, el color que vuela. Es como si el clip dijera que para poder volar con la falda hay que tener los pies bien plantados en el suelo.
Una verbena en la plaza
En la parte central del clip, el baile sale a una plaza de noche, adornada con guirnaldas de bombillas que cruzan de lado a lado entre edificios antiguos. Hay parejas que bailan, gente que mira, vestidos que giran. En otro momento, en una plaza enorme rodeada de público, varias bailaoras con vestidos amarillos y naranjas abren las faldas a la vez, y desde lejos parecen llamas.
Es la parte más colectiva del vídeo. Aquí el taconeo ya no es un asunto privado entre un pie y una tabla. Es una fiesta compartida, con el suelo de la plaza vibrando bajo muchos pies a la vez. Me recuerda a las verbenas de verano, cuando todo un pueblo baila junto en la misma plaza y nadie se pregunta si lo hace bien o mal.
Para alguien con fobia social, una plaza así puede ser aterradora. Mucha gente, mucho ruido, muchas miradas. Pero también es el sitio donde más fácil resulta perderse entre los demás. En una verbena nadie te mira solo a ti. Todos bailan. Y a veces, por fin, tú también.
Descalzos y calzados
Al escribir este paseo me he dado cuenta de que en Planeta Gayfolk conviven los pies descalzos y los pies calzados. Hay quien baila en la orilla del río sin zapatos y quien golpea la madera con tacones bordados. No compiten. Se complementan.
Descalzo sientes el suelo. Calzado, el suelo te siente a ti. Son dos maneras de relacionarse con el mundo, y las dos me parecen necesarias. Hay días para notar la hierba fría bajo la planta del pie, y días para ponerse los tacones y hacer temblar el salón. Lo importante es poder elegir.
Primera escala: botas en la hierba
No todos los zapatos del planeta son de tacón. En «Ataúd de neón», el clip empieza con unas botas de cuero gastado que avanzan por la hierba húmeda. No sabemos de quién son. Solo vemos el paso firme de alguien que camina hacia un entierro iluminado con neón.
Esas botas son el reverso del taconeo. No hacen ruido, no levantan polvo, no buscan llamar la atención. Son botas de camino largo, de las que se llevan cuando hay que atravesar el campo de noche. Y sin embargo también tienen su dignidad. Son el calzado de quien ha andado mucho.
Segunda escala: tacones en la arena
El otro gran clip de zapatos del planeta es el de «La primera drag de Benidorm». Ahí los tacones bajan a la orilla del mar de noche, con la luna encima, y hay zapatos de cristal que acaban en el agua y una cola roja que se arrastra por la arena. Es una playa que se convierte en pasarela.
Pongo ese zapato de cristal en el agua al lado del zapato negro de «Con el taconeo» en la arena, y veo una conversación entre dos canciones. Las dos dicen lo mismo: que no hay sitio prohibido para un tacón. Que se puede ser drag en la orilla y bailaora en la playa. Que el mar también es un escenario.
Tercera escala: unos tacones para bajar a la playa
Y hay una tercera canción que habla de tacones y de playa: «Marica chill». Es una canción de pasarlo bien, de bajar a la arena sin complejos, de disfrutar sin dar explicaciones. Sus tacones son de vacaciones, de fiesta al sol, de tarde en el chiringuito.
Me hace gracia que tres canciones tan distintas coincidan en lo mismo: llevar tacones a la playa. Debe de ser una obsesión mía. O quizá es que la playa es el lugar donde todos nos descalzamos, y precisamente por eso ponerse tacones ahí es una declaración.
Lo que significa pisar fuerte
Durante muchos años caminé como si pidiera perdón. Mirando al suelo, pegado a las paredes, procurando no ocupar sitio. Pasé veinte años en dos relaciones con personas narcisistas, una detrás de otra, y en ellas aprendí a hacerme pequeño, a no molestar, a medir cada paso. Cuando por fin se descubrió cómo eran, se ocuparon de que mucha gente de mi alrededor creyera su versión y no la mía.

Me quedaron un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa, que hoy trabajo con mi psicóloga y mi psiquiatra. Hubo un tiempo en el que no quería seguir viviendo. Escribir canciones fue mi forma de empezar a taconear: de hacer ruido, de contar mi versión, la que nadie quiso escuchar, de reclamar el suelo que piso.
Si a ti también te cuesta pisar fuerte, si sientes que no tienes derecho a hacer ruido, pide ayuda. En España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora, si piensas en el suicidio o si te preocupa alguien. Si es urgente, al 112. Y si vives en otro país, findahelpline.com te dirá a qué teléfono llamar. Tus pasos también merecen oírse.
Los zapatos que guardo
Tengo en un armario unos zapatos que no me he puesto en años. Son los que llevaba en una de las épocas más oscuras, cuando salir de casa era una hazaña. No los tiro porque me recuerdan de dónde vengo. Pero tampoco me los pongo, porque ya no camino como entonces.
Creo que todos guardamos zapatos así. Los de una boda que salió mal, los de un trabajo que dejamos, los de una persona que ya no está. Los zapatos se quedan con la forma de nuestros pies y, de algún modo, con la forma de nuestros días. Por eso cuesta tanto deshacerse de ellos.
Ver los tacones de «Con el taconeo» me dio ganas de comprarme unos zapatos nuevos. No necesariamente de tacón. Simplemente unos que no hayan pisado nada triste todavía. Unos con los que estrenar otra forma de andar, más segura, más ruidosa, más mía. Quizá sea una tontería, pero a veces cambiar de zapatos es el primer paso, literalmente, para cambiar de camino.
El taconeo como liberación
Que «Con el taconeo» esté en el tercer disco, el de la liberación, me parece lo más natural del mundo. Los dos primeros discos de la trilogía son el descubrimiento del planeta y las ganas de llegar a él. El tercero es la llegada. Y cuando llegas a un sitio donde por fin puedes ser tú, lo primero que haces es pisar fuerte. Que se oiga que has llegado.
Por eso el clip mira tanto los pies. Porque la liberación, antes que en la cara, se nota en la forma de andar. Alguien que se ha liberado no camina igual que antes. Camina con taconeo.
El polvo que queda
Cuando termina el baile, en el salón de madera queda una nube de polvo flotando en la luz. Poco a poco se va posando. El suelo vuelve a estar quieto. Pero ya no es el mismo suelo: ahora tiene marcas de tacones, huellas, arañazos. Ha sido bailado.
Me gusta pensar que la vida es un poco así. No se trata de no dejar marcas, sino de dejar las tuyas. De que cuando te vayas de un sitio, el suelo recuerde que alguien bailó ahí.
Yo quiero que mis canciones sean eso: marcas en el suelo. Pequeños arañazos de tacón en las tablas de quien las escucha. No hace falta que sean profundos ni que duren para siempre. Basta con que, durante un tiempo, alguien note que por ahí pasó una canción que le hizo levantar un poco de polvo y moverse, aunque fuera solo en la cocina de su casa, con zapatillas.
Para escuchar con los zapatos puestos
Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se pueden descargar gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, en https://gayfolkplanet.com/tienda, encontrarás también descargas gratuitas y otras cosas del planeta.
Te propongo un orden: empieza por «Con el taconeo» para levantar polvo, sigue con «Ataúd de neón» para caminar con botas por la hierba, baja a la orilla con «La primera drag de Benidorm» y termina al sol con «Marica chill».
Cinco postales para guardar
Los tacones bordados en oro levantando polvo dorado sobre las tablas.
El zapato negro apoyado en la arena húmeda, con el mar detrás.
El corro de bailaoras visto desde arriba, como un reloj de faldas.
Las manos sobre la guitarra bajo los naranjos con farolillos.
El vestido rojo girando en una calle blanca llena de geranios.
Preguntas frecuentes
¿Qué zapatos aparecen en el videoclip de «Con el taconeo»? Sobre todo tacones negros de baile, algunos bordados en oro, que golpean suelos de madera y levantan polvo, y un zapato de tacón apoyado en la arena junto al mar.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Con el taconeo»? El lunes 6 de octubre de 2025, en YouTube. Dura cinco minutos y cuatro segundos.
¿A qué disco pertenece «Con el taconeo»? A «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Qué otros zapatos hay en Planeta Gayfolk? Las botas gastadas de «Ataúd de neón», los tacones y zapatos de cristal de «La primera drag de Benidorm» y los tacones playeros de «Marica chill».
¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.