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Un reloj parado, unas horas rotas y las dos en punto: los relojes de Planeta Gayfolk

En Planeta Gayfolk no hay campanarios que den las horas ni relojes de estación colgando sobre los andenes. Si uno busca en mis canciones un objeto redondo con agujas, encuentra muy pocos. Y sin embargo el tiempo está en todas partes. Está en la hora exacta en que alguien se da cuenta de que no va a dormir, en el minuto que se estira cuando uno espera un mensaje, en los años que se acumulan en una cara, en el instante preciso antes de que suene una campana. Este planeta no mide el tiempo con relojes: lo mide con lo que duele, con lo que espera y con lo que, poco a poco, se suelta.

Quiero hacer aquí un recorrido por esos relojes escondidos. Algunos aparecen con su nombre y su tic. Otros son solo una hora apuntada en una línea, o una palabra que hace las veces de esfera. Empiezo por el más claro de todos, el que marca la madrugada en «La noche no es para mí», y desde ahí voy saltando de canción en canción, como quien recorre una casa a oscuras guiándose por el sonido de los segundos.

Las dos y pico: el reloj de «La noche no es para mí»

En «La noche no es para mí» hay un renglón que funciona como un despertador al revés. No anuncia que es hora de levantarse, sino que ya es demasiado tarde para seguir fingiendo que la noche va a salir bien. La letra dice que «El reloj pasa» ya de las dos, y lo escribe con cifras, con sus dos puntos y sus dos ceros, como en la pantalla de un móvil. Es el único momento de toda la canción en que el tiempo tiene número.

Tarjeta oscura con seis fragmentos de letras de Mike Sain't Louis que hablan del tiempo, de «La noche no es para mí» a «Malena», cada uno con su canción

Me gusta mucho esa precisión. El resto de la letra habla de confusión, de no saber qué está bien o qué está mal, de dar vueltas de aquí para allá buscando un «leitmotiv». Todo es difuso, todo se mueve. Y de pronto, en medio de esa niebla, aparece una hora concreta, nítida, imposible de discutir. Es como cuando estás en una fiesta y miras el móvil sin querer: el número te devuelve de golpe a la realidad. Ya no son las once, ya no es el principio de la noche. Ya pasan de las dos.

Las dos de la madrugada tienen algo especial. Es la hora en que cierran algunos bares y abren otros, la hora en que el metro ya no pasa, la hora en que quien ha salido sin ganas empieza a pensar en cómo volver a casa. Es también la hora en que la soledad se nota más, porque los que tenían plan ya están con su plan y los que no lo tenían ya lo saben. En la letra, después de ese reloj, todo «se vuelve diferente», aunque en el fondo siga igual. El reloj no cambia nada, pero lo hace visible.

He escrito ya sobre esta canción renglón a renglón, así que aquí solo me quedo con su reloj. Con esa hora que no es redonda, que no son las dos en punto sino «ya» más de las dos. Ese «ya» es el tic más fuerte de la canción. Contiene todo el tiempo que se ha perdido esperando que pasara algo.

Un clip sin esferas

Lo curioso es que en el videoclip de «La noche no es para mí» no hay ni un solo reloj. Lo he repasado entero, plano a plano, y el tiempo no se cuenta con agujas, sino con luces. Empieza con rótulos de neón rosa y violeta, rostros iluminados por letreros, una barra con lámparas amarillas y un vaso de whisky que brilla en primer plano. Luego llegan las nubes de humo de colores, un arcoíris sobre un cielo azul oscuro, dos hombres frente a frente bajo arcos de luz turquesa.

Tarjeta de rimas con cuatro parejas de finales de «La noche no es para mí»: mal y final, noche y golpe, allá y soledad, igual y ritual

Y, a medida que la canción avanza, el paisaje se va saliendo de la ciudad. Aparece un bosque oscuro con un anillo de luz posado en el suelo, una orilla donde las olas rompen con un brillo azul verdoso, un cielo violeta con una aurora que se enrosca, un festival enorme bajo medusas rosas que flotan sobre la multitud, setas gigantes que se encienden como farolillos. Es una noche que se vuelve cada vez más irreal, cada vez más lejos de la hora del móvil. Si el reloj de la letra marca las dos, el clip parece preguntarse qué pasa después, cuando ya nadie mira la hora.

Hay una figura que reaparece varias veces: un hombre de barba larga que carga una cruz de madera sobre el hombro, iluminado por un foco blanco en medio de la oscuridad. Para mí es el peso de la noche, el que se arrastra de un local a otro sin poder soltarlo. Y hay también un hombre de traje mirando al cielo mientras un vehículo vuela sobre la ciudad gris. Ninguno de los dos lleva reloj. Ninguno lo necesita. Ya saben que es tarde. El clip termina con la portada del primer disco, la de los tres chicos de esmoquin sobre un planeta rosa, como si la noche, al final, desembocara en casa. Puedes verlo en su página de Planeta Gayfolk.

El tic que grita en «Ruido en mi mente»

Si «La noche no es para mí» tiene un reloj digital, «Ruido en mi mente» tiene uno de pared, de los de antes, con su péndulo y su esfera. Y está roto. La letra habla de «Un reloj parado» que, en lugar de callarse, grita su tic. Es una imagen que me sigue pareciendo inquietante. Un reloj parado debería ser silencio. Debería ser el final del tiempo, la quietud. Pero aquí el reloj se ha detenido y sigue gritando.

Mosaico de cuatro recortes sin caras del videoclip de «La noche no es para mí»: focos violetas sobre un escenario, setas y medusas de luz rosa bajo láseres verdes, una silueta que vuela sobre un cielo gris azulado y ramas rosas fosforescentes

Eso es exactamente lo que pasa con ciertos recuerdos. El momento en que algo se rompió se queda fijo, como las agujas de un reloj que se paró a una hora concreta. Pero el sonido sigue. El tic no avanza, pero tampoco deja de oírse. Vives tu vida, pasan los meses, y dentro de ti hay una esfera clavada en el mismo minuto que no para de hacer ruido.

Dos renglones después aparece otra imagen hermana: «las horas rotas» que bailan en la sombra. Ya no es un reloj, son las horas mismas, sueltas, partidas, bailando sin orden. Es el tiempo cuando uno no duerme bien, cuando el día y la noche se mezclan, cuando las horas dejan de estar en fila y se convierten en pedazos. Dentro de esta canción el tiempo no fluye: se astilla. Ya escribí sobre los objetos que la pueblan, pero hoy me interesa ese reloj como pieza de una colección más grande, la de todos los relojes del planeta.

El tiempo que se pierde en «Punto muerto»

En «Punto muerto» el tiempo aparece como algo que se le roba a los demás. La letra, que cae palabra a palabra como una escalera, termina con una confesión: la sensación de que uno solo molesta y hace «perder el tiempo» a todos con su lamento. Aquí el reloj ya no está en la pared ni en el móvil. Está en los ojos de los otros. Es el reloj que imaginas que miran tus amigos mientras les cuentas tu pena por quinta vez.

Ese reloj es uno de los más crueles del planeta, porque no existe. Nadie lo ha puesto ahí. Lo pone la propia cabeza cuando uno está mal y cree que su dolor es una carga, que ocupa un espacio que no le corresponde. Y el propio título lo dice todo: un punto muerto es un motor que gira sin avanzar, un reloj cuyas agujas tiemblan pero no se mueven. En el cambio de marchas, es el lugar exacto entre una velocidad y otra donde nada empuja.

Me parece importante escribirlo aquí, entre los relojes, porque ese miedo a robarle tiempo a la gente es muy común en quien sufre. Y es mentira. El tiempo que alguien te dedica cuando estás mal no se pierde. Se invierte en algo que todavía no se ve.

Antes de las campanas

«Before the Bells» es, de todas mis canciones, la que más se parece a un reloj de torre, aunque la campana no suene nunca. Toda la letra transcurre en el instante previo, en ese «antes» que se repite al principio de casi cada estrofa. Antes de que las campanas recuerden cómo sonar, antes de que la noche sepa qué traer, antes de que los nombres se graben en piedra. Es una canción entera escrita en el segundo que precede a la hora.

Y en medio aparece una frase que repite dos veces: «Time loosens» lo que vino a reclamar. El tiempo afloja. Es una idea que me consuela mucho. Normalmente pensamos en el tiempo como algo que se lleva cosas, que desgasta, que arruga. Aquí el tiempo hace lo contrario: va soltando lo que apretaba, como unas manos que poco a poco abren el puño. No borra el duelo, pero le quita fuerza al nudo.

Si «Ruido en mi mente» tiene un reloj parado que grita, «Before the Bells» tiene un reloj que respira. Sus agujas avanzan despacio, sin prisa, sin campanadas. Lo único que pide es quedarse, estar presente lo mejor posible. Es, quizá, el reloj más sano de todo el planeta.

El tiempo en la cara de «Toxina coreana»

En «Toxina coreana» el reloj está en la piel. Hay un renglón que se dirige a la amiga y le dice que en su cara «el tiempo pasa», con esa franqueza que tienen ciertas conversaciones de cafetería. Aquí el tiempo se mide en arrugas, en ojeras, en lo que se intenta tapar con cremas y retoques. El cuerpo es la esfera y los años son las agujas.

Pero la canción guarda otro reloj, más interesante todavía. Llega un momento en que la letra dice que ha llegado el «tiempo de confesar». Ya no se trata de cuánto se nota la edad, sino de que ha sonado una hora interior: la de decir la verdad. Es el reloj de las confesiones, ese que va acumulando tensión durante años hasta que un día marca la hora y ya no hay forma de callarse. Toda la canción está construida hacia ese momento.

Me gusta que en una canción tan de humor, tan de risa entre amigas, aparezca un reloj tan serio. El planeta funciona así: lo ligero y lo hondo comparten el mismo minuto.

Envejecer: el reloj que no se cumplió

Hay un reloj en el planeta que marca un futuro que no llegó. Es el de «Envejecer». La letra recuerda la pregunta de si uno se imaginaba a los dos viejitos cogidos de la mano, y termina con la certeza rota de que «juntos íbamos a envejecer». Ese verbo, envejecer, es un reloj en sí mismo: el reloj más largo de todos, el que cuenta décadas.

Lo que duele en esta canción no es el paso del tiempo, sino que el tiempo imaginado se haya parado. Uno había dado cuerda a un reloj para cuarenta años y de pronto se detiene a los pocos. El futuro compartido se queda colgado en la pared, con las agujas quietas en una hora que ya no significa nada. Y la letra estira las vocales de ese verbo final hasta deshacerlo, como si el reloj intentara seguir y no pudiera.

Un día que pesa más que el anterior

En «Entre cuatro paredes» el reloj es un calendario. No hay horas ni minutos, hay días, y cada uno «pesa más» que el de ayer. Es una manera de medir el tiempo que conoce cualquiera que haya pasado por una depresión: los días no se cuentan, se cargan. No avanzan, se apilan unos encima de otros, como libros en una mesa que acaban formando una torre.

Y, sin embargo, al final de esa canción hay un «tal vez algún día». El calendario, que parecía una condena, se convierte en una posibilidad. Algún día. No sabemos cuál ni cuándo, pero el reloj vuelve a tener futuro.

«Durante mucho tiempo»: el reloj de arena de «La última carta»

Hay un reloj más en el planeta, y es de arena. Está en «La última carta», una canción que no tiene estribillo de fiesta ni rimas de pista, porque es casi una carta leída en alto. Empieza contando que durante «mucho tiempo» hubo preguntas, dudas sobre las propias reacciones, sobre los propios límites. Ese «mucho tiempo» no tiene número. No dice meses ni años. Es la arena que cae sin que nadie la mire, grano a grano, mientras uno se convence de que exagera.

Un reloj de arena tiene una virtud que no tienen los demás: se le puede dar la vuelta. Cuando el último grano cae, basta con girarlo para que el tiempo empiece de nuevo, desde el otro lado. Eso es exactamente lo que hace la carta. Después de todo ese tiempo de dudas llega una frase que lo cambia todo: no era yo. Ahí el reloj gira. La arena que antes caía sobre uno mismo empieza a caer en la dirección contraria, y el tiempo de las preguntas se convierte en el tiempo de las respuestas.

Me emociona pensar que, de todos los relojes del planeta, el que más ayuda es el más antiguo y el más sencillo. No necesita pilas ni cuerda. Solo necesita que alguien, un día, se atreva a darle la vuelta.

«Our time»: el reloj de la pista

Para terminar el recorrido quiero ir a la pista de baile. En «Malena» hay un renglón en inglés que dice que el ritmo lo está tomando todo y que es «our time», nuestro momento. Aquí el tiempo ya no duele, ni pesa, ni grita. Es una celebración. El reloj marca la hora de bailar, la hora de ser quien eres sin pedir permiso.

Es el contrapunto perfecto a las dos de la madrugada de «La noche no es para mí». Allí la noche era un lugar donde no se encajaba. Aquí la noche, la música y la hora son de quien las vive. Los dos relojes conviven en el mismo planeta, y uno puede pasar de uno a otro en una semana, en un año, a veces en la misma noche.

Lo que miden los relojes del planeta

Si pongo todos estos relojes en una misma pared, veo algo que no había visto antes. Casi ninguno mide el tiempo de forma neutral. Cada uno mide una cosa distinta: la soledad de la madrugada, un recuerdo atascado, la culpa de molestar, la espera antes del duelo, la edad en la piel, un futuro que no se cumplió, el peso de los días malos, la alegría de bailar. Son relojes emocionales, y por eso no hace falta que aparezcan con su esfera y sus agujas: basta con que alguien diga una hora, un día, un «antes» o un «ya».

Y hay otra cosa. Los relojes más dolorosos del planeta están parados o atascados: el que grita su tic, el punto muerto, el futuro que se quedó colgado. Los más sanos, en cambio, se mueven despacio: el tiempo que afloja, el día que algún día llegará, la hora que es nuestra. Es como si las canciones supieran que el problema nunca es el tiempo, sino quedarse quieto dentro de él.

Quizá por eso, cuando termino de escribir una canción, a veces me pregunto qué hora marca. No la hora del reloj de la cocina, sino la hora por dentro. Hay letras que nacen a las dos de la madrugada aunque las escriba a mediodía, y otras que suenan a domingo por la mañana aunque salgan de una noche sin dormir. Ese reloj interior es el que intento poner en cada canción: que quien la escuche sepa, sin mirar el móvil, en qué momento de la vida está la persona que la cuenta. Y que, si se reconoce en esa hora, sepa también que las agujas, tarde o temprano, vuelven a moverse.

Desde dónde escribo estos relojes

Me llamo Mike Sain't Louis y soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Yo escribo cada letra, compongo y produzco cada tema; la música y la interpretación las genero con inteligencia artificial siguiendo lo que construyo. Desde Madrid, que es mi base, he ido levantando este planeta canción a canción.

Retrato enmarcado de Mike Sain't Louis con gorra azul y camiseta oscura, junto al texto letrista, compositor y productor musical

Muchos de estos relojes tienen que ver con mi propia historia. Pasé veinte años de mi vida en dos relaciones con personas narcisistas, y cuando lo que pasaba salió a la luz, ellas lograron que parte de mi gente se pusiera en mi contra. Hubo mucho tiempo detenido en esos años, muchos relojes parados que gritaban. Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación, y hoy sigo en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Las canciones fueron mi manera de dar cuerda otra vez a algo que se había parado: escribir lo que sentía me ayudó a sacarlo fuera. Llegué a estar muy cerca del borde, y si lo menciono es porque hoy lo miro desde la orilla de la recuperación.

Si en este momento tu reloj está parado y no sabes cómo volver a ponerlo en marcha, no lo cargues tú solo. En España tienes el 024, una línea pensada para quien tiene pensamientos de quitarse la vida o se preocupa por alguien que los tiene: llamas gratis, a la hora que sea, y te escucha gente preparada. Para una emergencia, el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y la Fundación ANAR, para menores y para quien se preocupa por ellos, en el 900 20 20 10. Desde otro país, findahelpline.com te da el número que te corresponde. Hablar con alguien también es dar cuerda.

Escuchar y descargar sin pagar

Todas las canciones de este recorrido se pueden escuchar y descargar gratis. Las tienes en la página de descargas de mi web, /descargas, y también en la tienda de Planeta Gayfolk, https://gayfolkplanet.com/tienda, donde cada tema se baja libremente, sin registro y sin coste. Si prefieres el streaming, están en Spotify y en las plataformas habituales.

Un buen experimento es escucharlas en el orden de este texto, de las dos de la madrugada a la pista de baile, y fijarse en cómo cambia el tiempo de una a otra.

Preguntas frecuentes

¿Qué hora marca el reloj de «La noche no es para mí»? Pasa ya de las dos de la madrugada. Es la única hora con número en toda la letra y llega justo cuando la noche empieza a torcerse.

¿Aparece algún reloj en el videoclip? No. El clip cuenta el paso de la noche con luces: neones, humo de colores, un bosque con un anillo luminoso, un mar que brilla y un festival bajo medusas rosas.

¿Qué significa el reloj parado de «Ruido en mi mente»? Un recuerdo que se quedó fijo en un momento concreto y que, aunque no avanza, no deja de hacer ruido por dentro.

¿Cuál es el reloj más esperanzador del planeta? El de «Before the Bells», donde el tiempo afloja poco a poco lo que vino a reclamar, sin borrar el duelo pero soltando el nudo.

¿Dónde puedo descargar estas canciones gratis? En /descargas y en https://gayfolkplanet.com/tienda, sin pagar nada.

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