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Un paso en el túnel y otro en la pista: los pasos de Planeta Gayfolk, entre tacones, huellas y pies descalzos

Un paso es una caída que se arregla a tiempo. Lo leí hace años en algún sitio, no recuerdo dónde, y se me quedó pegado como se pegan las cosas que parecen una broma y son una verdad. Para andar, el cuerpo se inclina hacia delante, empieza a caer y, justo antes de llegar al suelo, adelanta un pie. Y vuelve a empezar. Cada paso es un pequeño accidente evitado.

Desde que lo pienso así, veo pasos por todas partes en mis canciones. Pasos que cuestan, pasos lentos, pasos que no hacen ruido, pasos con tacón que suenan como un golpe en la mesa, tacones rotos, huellas en la arena, pies descalzos en el agua. Aquí los voy a seguir uno por uno. Nada de estudio ni de inventario cerrado: lo que sigue se parece más a caminar por un barrio de toda la vida y prestar atención, por una vez, al sonido de tus propios zapatos sobre la acera.

El paso del túnel

El primero es el más difícil, y está en «Entre cuatro paredes». Es una canción sobre no poder salir de la habitación, sobre esos días en que el mundo se reduce a una cama, una ventana y un techo. Casi toda la letra está hecha de negaciones. Un «No» abre un renglón tras otro, como un inventario de ausencias: la ilusión, las ganas, la fuerza, el valor. El estribillo lo dice sin adornos:

No me apetece salir de la habitación

Y en medio de todas esas negaciones, hay un renglón distinto. Es el único de toda la letra en el que alguien se mueve sin un «no» delante:

Cada paso que doy en este túnel estrecho

Me impresiona, cuando lo releo, que en una canción tan quieta aparezca un paso. No dice que el paso sea fácil, ni que lleve a ninguna parte. El túnel es estrecho y la letra no promete luz al final. Pero el verbo está ahí: doy. Alguien, dentro de ese encierro, sigue moviendo los pies. Aunque sea poco. Aunque sea a oscuras.

Ese mismo renglón vive también en «No me aparece una ilusión», que es casi su gemela. Las dos letras comparten muchas palabras, como dos habitaciones con la misma ventana. Me gusta pensar que el paso del túnel es tan importante que tuvo que aparecer dos veces, por si en una de las dos nadie lo oía.

Un pasillo de hormigón

El videoclip de «Entre cuatro paredes» está rodado en blanco y negro, con mucho grano, como una fotografía vieja. Casi todo ocurre en interiores: una cama deshecha, una ventana con lluvia, un vagón lleno de gente donde un chico con chaqueta de cuero va solo entre la multitud. Pero hay un momento, hacia el segundo cuarenta, en que la cámara se queda detrás de él y le vemos de espaldas, caminando por un pasillo larguísimo de hormigón. Las paredes son lisas y grises. Hay una sola bombilla en el techo, al fondo. Y el chico anda hacia ella.

Fotograma panorámico en blanco y negro del videoclip de «Entre cuatro paredes»: un chico con chaqueta de cuero, de espaldas, camina por un pasillo de hormigón hacia una bombilla al fondo, con el renglón «Cada paso que doy en este túnel estrecho»

Ignoramos su destino y si el pasillo acaba en alguna puerta. Solo tenemos su espalda y los metros que le faltan. Para mí, ese plano es el renglón del túnel convertido en cine. El túnel estrecho no es una metáfora rara: es un pasillo así, frío, sin ventanas, donde lo único que se puede hacer es dar el siguiente paso. Y el clip no se queda ahí para siempre. Pasa enseguida a otras cosas. Como pasa la vida, aunque no lo parezca desde dentro.

Una petición de aire

Lo más bonito de «Entre cuatro paredes» llega en su cierre. Tras tantas negaciones, la letra termina con dos renglones que no esperaba nadie, ni siquiera yo cuando la escribí:

No, pero algo en mí pide respirar

Ese «No, pero» es otro paso. Pequeñísimo. La palabra «no» sigue ahí, porque la tristeza no se va de golpe, pero detrás viene un «pero». Y detrás, una necesidad de oxígeno. Nadie decide salir corriendo. Es algo dentro que pide respirar. Así empiezan muchos caminos: no con una gran decisión, sino con una petición mínima del cuerpo.

El camino lento

El segundo paso es lento y bilingüe. Está en «Dark corners», una canción sobre bailar en los rincones oscuros para no tener que contar cómo está uno de verdad. Al principio de la letra, la persona que habla se despierta tarde, sin sol, y dice:

Camino lento, mile by mile

Me gusta mucho la mezcla de idiomas en ese renglón. «Camino lento» es castellano de andar por casa. «Mile by mile» es inglés de carretera, de viaje largo, de esas películas en las que alguien cruza un país entero a pie. Juntos dicen algo muy concreto: voy despacio, pero estoy contando la distancia. Cada milla es una victoria. No importa la velocidad, importa no pararse.

Hay otro renglón en la misma letra que me parece hermano de este:

My heels are high, mi mood is low

Aquí el paso tiene altura. Los tacones están altos y el ánimo está bajo, y las dos cosas conviven en el mismo cuerpo. Se puede andar arreglado y triste a la vez. Se puede ir subido a unos tacones y estar hundido por dentro. La canción no lo juzga. Lo describe. Y esa descripción, para quien se ha vestido alguna vez para salir sin ganas de salir, es casi un abrazo.

Pasos sin ruido

El tercero está en «Soy marica sideral», que es todo lo contrario de un rincón oscuro. Es una canción de orgullo tranquilo, sin gritos. En la segunda estrofa, la persona que habla dice:

Yo camino sin ruido,

Y en el estribillo vuelve a la misma idea con una imagen preciosa:

Soy silencio con tacones,

Me hace mucha gracia la contradicción. Los tacones son, por definición, ruidosos. Se oyen en los pasillos, en las escaleras, en los portales a las cuatro de la mañana. Y aun así, la canción habla de silencio con tacones. Es una manera de decir que la presencia no necesita estruendo. Que se puede entrar en un sitio sin pedir permiso y sin hacer escándalo, simplemente andando. El paso, aquí, es una forma de estar. De ocupar el espacio sin disculparse y sin dar explicaciones.

Ese «camino sin ruido» me parece la respuesta al «camino lento» de «Dark corners». Uno va despacio porque le pesa el cuerpo. El otro va en silencio porque ya no necesita demostrar nada. Son dos maneras de andar, separadas por mucho trabajo interior.

El tacón que suena

Pero hay tacones que sí quieren hacer ruido, y están en «Gaslighting». Es una canción sobre la manipulación, sobre esas personas que te repiten que no pasó lo que viste con tus propios ojos. Y en un momento de la letra, el paso se convierte en un golpe:

Cada paso sobre este tacón

Y el renglón que sigue explica qué es ese paso:

Es mi grito contra tu prisión

Aquí el tacón no es silencio. Es un martillo. Cada vez que toca el suelo, dice algo. Me parece una de las imágenes más rotundas de mi catálogo, porque convierte un gesto tan cotidiano como andar en un acto de resistencia. No hace falta gritar con la boca cuando los pies ya lo están haciendo. Quien ha salido de una relación en la que le hacían dudar de su propia memoria sabe que los primeros pasos fuera suenan así: fuertes, un poco exagerados, como si hubiera que convencer al suelo de que existe.

Tacones rotos

Y luego están los tacones que no aguantan. En «La primera drag de Benidorm», el segundo renglón trae una imagen que no tiene nada de glamur:

con tacones rotos,

La drag de esa canción se arrastra, sangra, escupe sueños en cada semáforo. Es la noche más dura de una artista de barrio, contada sin filtro. Y sin embargo, al final de la letra hay un verbo que cambia todo. Después de tanto dolor, la última palabra es «bailo». Con los tacones rotos, la protagonista sigue moviendo los pies. Ya no anda: baila.

En el videoclip, hacia el final, hay una figura vestida de blanco en la orilla, de noche, bajo una media luna, que se agacha despacio. No se ve bien qué hace hasta que entiendes que está recogiendo un zapato. Es un gesto mínimo, de esos que nadie haría en una película de acción. Pero en esa canción, recoger el zapato es seguir. Es decir: todavía no he terminado.

Huellas en la duna

El quinto paso no tiene palabras, porque está en un videoclip sin letra publicada. En el arranque de «Sunset Boulevard», después del rótulo amarillo sobre un pinar, aparece una duna enorme vista desde arriba. Una figura pequeña con un vestido claro sube por ella. Detrás, en la arena, quedan sus huellas, una fila de marcas oscuras que bajan hasta el borde del plano.

Cuatro recortes verticales numerados como pasos: una figura con vestido claro sube una duna dejando huellas («Sunset Boulevard»), pies descalzos con pantalón blanco remangado en la espuma («Drift Away»), piernas con patines sobre estelas de luz («Can't Wait») y calzado blanco bajando una escalera rosa («Pura magia»)

Es una de mis imágenes favoritas de todos mis vídeos. Me gusta porque enseña lo que casi nunca se ve: el camino que ya se ha hecho. Normalmente miramos hacia delante, hacia lo que falta. La duna obliga a mirar hacia atrás. Y lo que se ve es que se ha subido mucho. Las huellas son la prueba de que cada paso, por pequeño que fuera, contó.

Un poco más tarde, el mismo clip enseña a un chico de espaldas caminando por una avenida de palmeras, con letreros de neón y coches antiguos aparcados. No mira a cámara. Solo anda, con las manos sueltas, hacia el final de la calle. Es el paseo de alguien que ya no tiene prisa.

Pies descalzos en la espuma

El sexto paso es el más suave. En el videoclip de «Drift Away», entre olas que se enroscan y toreros de rosa surfeando, hay unos segundos dedicados solo a unos pies. Son unos pies descalzos, con el pantalón blanco remangado, que pisan la orilla mientras la espuma les llega a los tobillos. La luz es dorada, de última hora de la tarde. No se ve a nadie más. No pasa nada. Solo el agua que viene y se va, y los pies que siguen.

Me parece la imagen opuesta al túnel de «Entre cuatro paredes». Allí había hormigón, una bombilla y paredes cerradas. Aquí hay arena mojada, horizonte y nada que encierre. Allí el paso costaba. Aquí el paso es casi un descanso. Y entre una imagen y otra, en mi catálogo, hay muchas canciones y muchos meses. A veces pienso que todo lo que he escrito es el camino que va de ese pasillo a esa orilla.

Hay algo más en esos pies que me conmueve. La orilla es el único suelo que cambia a cada momento. La arena mojada se hunde un poco con cada pisada, y la siguiente ola borra la marca. Nada queda. Y aun así, los pies siguen pisando, sin preocuparse por dejar rastro. Es lo contrario de la duna de «Sunset Boulevard», donde las huellas se quedan para que puedas mirarlas. En la orilla no hace falta demostrar nada. El paso vale por sí mismo, aunque el agua se lo lleve un segundo después.

Ruedas y estelas

Hay pasos que no son pasos. En el videoclip de «Can't Wait», que es un collage de más de veinte escenarios, aparece de pronto una chica en patines por una avenida de noche. A su alrededor, las luces de los coches se convierten en estelas rosas y azules, como si la ciudad entera se estirara a su paso. Patina con los brazos sueltos, sin miedo, por el centro de la calzada.

Lo pongo aquí porque me recuerda que no todo el mundo avanza igual. Hay quien camina, quien se arrastra, quien baila y quien rueda. Lo importante no es la forma. Lo importante es moverse. Y esas estelas de luz son la versión nocturna de las huellas en la duna: el rastro que deja alguien que ya no está quieto.

Hay además algo de juego en esos patines que me parece necesario recordar. No todos los pasos tienen que ser solemnes. Después de mucho tiempo andando con cuidado, mirando el suelo para no tropezar, llega un día en que te apetece ir rápido solo porque sí, con el viento en la cara y sin ningún motivo serio. Ese día también forma parte del camino. Quizá es el día que demuestra que el camino ha servido para algo.

De la mano, escalera abajo

El último paso de este paseo es compartido. El videoclip de «Pura magia» ocurre de principio a fin en un hospital rosa, y en mitad de esos pasillos dos chicos con barba y faldas de tul bajan de la mano por una escalinata rosa, al mismo ritmo, como si hubieran ensayado el paso toda la vida. Son personajes inventados. Llevan calzado blanco y las faldas se mueven con cada escalón.

Me gusta muchísimo esa escena porque responde a todas las anteriores. El túnel era solitario. El camino lento era solitario. Los tacones sin ruido y los tacones que gritan eran de una sola persona. Aquí, por fin, hay dos personas que andan juntas. Y no van a ningún sitio importante. Solo bajan una escalera. Pero la bajan de la mano, y eso convierte el paso en otra cosa: en compañía.

Andante

En el lenguaje de la música hay una palabra que siempre me ha hecho sonreír: «andante». Viene del italiano y significa, literalmente, andando. Se escribe al principio de una partitura para indicar que la pieza debe ir a paso de persona que camina, ni deprisa ni despacio. Es una indicación de tempo que no se mide con un reloj, sino con el cuerpo. Cualquiera sabe más o menos a qué ritmo anda cuando no tiene prisa.

Me gusta que la música haya tomado el paso humano como medida. Y me gusta todavía más pensar que mucha música de baile vive cerca de ese mismo pulso. Cuando alguien camina con ganas, sus pies marcan algo parecido a un compás que se puede bailar. Por eso, creo, hay canciones que dan ganas de echar a andar y caminatas que acaban pareciendo canciones. El paso y el pulso son primos hermanos.

En mi catálogo hay letras que caminan despacio, como «Entre cuatro paredes», donde cada renglón pesa lo que pesa un pie cansado. Y hay letras que van con prisa, como «Gaslighting», donde los tacones golpean el suelo a la velocidad de quien se marcha de un sitio sin mirar atrás. Cuando las escucho seguidas, noto que el cuerpo cambia de marcha. Primero arrastra los pies. Luego se endereza. Luego acelera. Y al final, casi sin darse cuenta, baila.

Pienso a menudo en eso cuando alguien me dice que una canción le ha acompañado en un mal momento. Acompañar es exactamente eso: ir al lado de alguien al mismo paso. Una canción no te saca del túnel, pero puede marcarte el ritmo mientras andas por él. Puede ser el compás que impide que te sientes en el suelo y te quedes ahí.

El paso de los demás

Hay un detalle en el que casi nunca reparo y que este paseo me ha obligado a ver. En casi todos los pasos de mis canciones, la persona que anda está sola. El chico del pasillo de hormigón, la figura de la duna, los pies en la espuma, la chica de los patines. Hasta la drag de Benidorm, que se arrastra entre semáforos, no tiene a nadie que le dé la mano. Solo al final, en la escalera rosa de «Pura magia», aparecen dos personas al mismo ritmo.

No creo que sea casualidad. La recuperación, durante mucho tiempo, se hace a solas, o al menos se siente así. Nadie puede dar los pasos por ti. Pero llega un momento en que miras alrededor y descubres que, a tu lado, hay otras personas andando el mismo camino, cada una con sus tacones, sus zapatillas o sus pies descalzos. No hace falta que vayan cogidas de tu mano. Basta con que vayan en la misma dirección.

Por eso me gusta terminar este recorrido con dos personas bajando juntas una escalera. Es la imagen que no podía escribir cuando escribí «Entre cuatro paredes». Entonces el mundo era una habitación. Ahora, al menos, hay escaleras, y alguien con quien bajarlas.

Los pasos que yo di

No me gusta convertir mis canciones en una lección, pero este paseo tiene algo de autobiográfico. Pasé veinte años de mi vida en dos relaciones, una detrás de otra, con dos personas narcisistas. Las dos acabaron enseñando lo que había debajo de la sonrisa, y las dos se las arreglaron para que algunas de las personas que yo quería dejaran de estar de mi lado. De todo aquello salí con un diagnóstico largo: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. Hubo meses en que seguir vivo me parecía un esfuerzo imposible, y estuve a un paso de no seguir.

Lámina enmarcada con una foto real de cuerpo entero de Mike Sain't Louis con abrigo negro largo y vaqueros, junto al texto «Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical»

Salir de ahí no fue una carrera. Fue exactamente lo que dice «Entre cuatro paredes»: un paso en un túnel estrecho, y luego otro, y luego otro más. Continúo con mi tratamiento, con psiquiatra y con terapia, y hoy me encuentro muchísimo mejor. Escribir fue la forma de poner mi versión por escrito, de dejar huellas en la arena para poder girarme y comprobar cuánto había subido.

Si tú estás ahora en ese túnel, si te cuesta salir de la habitación o piensas en hacerte daño, no camines a solas. Marca el 024: en España es el teléfono para quien piensa en el suicidio o está preocupado por alguien, no cuesta nada, nadie sabrá que has llamado y atiende las veinticuatro horas. Para una urgencia en el momento, el 112. Pedir ayuda también es dar un paso.

El último paso es de baile

Si pongo todos estos pasos en fila, veo un recorrido. Empieza en un pasillo de hormigón y termina en una escalera rosa. Pasa por un camino lento, por unos tacones silenciosos, por otros que gritan, por unos tacones rotos que acaban bailando, por una duna llena de huellas, por una orilla con espuma y por una avenida con estelas de luz. No lo planeé así. Las canciones salieron en momentos distintos, con ánimos distintos. Pero cuando las miro juntas, parecen el mismo viaje.

Ilustración sin personas: un pasillo de hormigón del que salen huellas de purpurina rosa hasta una pista de baile vacía, con unos zapatos plateados de tacón en el suelo y una bola de espejos encendida, con el pie «Del pasillo a la pista»

Detrás de todos estos pasos estoy yo, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Pongo las palabras, la composición y la producción, y dejo que la inteligencia artificial genere la música y la interpretación vocal. Cada canción de este paseo, como todo lo que he publicado, está en mi página de descargas para oírla o guardarla gratis, sin cuentas ni pagos. Ponte unas zapatillas cómodas, o unos tacones, o ve descalzo. Y escúchalas andando.

Preguntas frecuentes

¿Qué canciones aparecen en este texto? «Entre cuatro paredes» (el paso del túnel estrecho), «No me aparece una ilusión», «Dark corners» (el camino lento y los tacones altos), «Soy marica sideral» (pasos sin ruido), «Gaslighting» (el tacón que suena), «La primera drag de Benidorm» (los tacones rotos) y los videoclips de «Sunset Boulevard», «Drift Away», «Can't Wait» y «Pura magia».

¿Por qué los pasos? Porque andar es la forma más sencilla de seguir. En mis letras y videoclips hay muchos pasos distintos, lentos, ruidosos, silenciosos o compartidos, y juntos cuentan un recorrido que va del encierro a la pista de baile.

¿Es un texto sobre salud mental? En parte. «Entre cuatro paredes» habla de la depresión y del aislamiento, y el texto incluye mi propia historia de recuperación. Si estás pasando por un mal momento, en España tienes el 024, gratuito y disponible a cualquier hora.

¿Las personas de los videoclips son reales? No. Los personajes de los videoclips, como la figura de la duna, la chica de los patines o los dos chicos de la escalera rosa, son inventados y no representan a nadie real.

¿Dónde se pueden escuchar estas canciones? Todas se pueden escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mi web, sin registro ni pago.

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