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Un muñeco y un emulador: cómo hice «El señor Garrison», South Park, BlueStacks y el estribillo que no se cansa

Hay noches en las que uno sabe que no debería encender el ordenador y lo enciende igual. «El señor Garrison» sale de una de esas noches, o de la idea de una de esas noches, y en este texto quiero contar cómo pasé de ese momento tan poco glorioso a una canción que se ríe de sí misma. No voy a contar ninguna historia real ni a señalar a nadie: lo que sigue sale de la letra, del videoclip y de lo que ya dejé escrito sobre ella en mi diario.

Lo de siempre, para que quede claro: soy letrista, compositor y productor musical. Escribo las letras y me encargo de la producción; la música y la interpretación vocal se hicieron con IA. El clip se subió a YouTube el 2 de febrero de 2025, de madrugada en hora de Madrid, poco antes de las cinco, y dura tres minutos y medio. Bajo el vídeo aparece la letra completa, sin título de sección ni explicación, y una lista muy larga de etiquetas. En el catálogo de esta web la canción figura con fecha de 5 de junio de 2026, dentro del primer disco.

En la web hay ya dos textos sobre ella. Su ficha presenta las referencias y el miedo a acabar casado con un muñeco. Otro post, sobre el ventrílocuo y el detective, se pregunta para qué sirve tener razón. Este va de otra cosa: del taller, de las decisiones que tomé para que una escena de celos funcionara como canción.

El problema de partida

Escribir sobre celos tiene una trampa. Si lo haces en serio, sale un drama de los de siempre, con su víctima, su culpable y su lágrima. Ya hay miles de canciones así y la mayoría se parecen. Si lo haces en broma, corres el riesgo de quitarle importancia a algo que duele de verdad. Yo quería las dos cosas a la vez: que se notara el bucle obsesivo, y que la canción hiciera reír.

La solución que encontré fue no hablar de mis sentimientos con palabras de sentimientos. Hablar de ellos con referencias. En el diario lo expliqué con una comparación que sigo pensando que es justa: decir «voy a acabar solo» suena dramático y un poco cursi; decir que voy a acabar como un profesor de dibujos animados con una marioneta en la mano es decir lo mismo, pero con risas grabadas de fondo. La cultura pop funciona como un atajo. Con un nombre, quien escucha entiende todo un estado de ánimo sin que yo tenga que explicarlo.

Elegir al personaje

De todos los personajes posibles, elegí al profesor de South Park. No fue casualidad. Durante los primeros años de emisión, ese hombre casi nunca aparece sin su marioneta, el señor Sombrero, y le habla como si fuera una persona. Es una imagen muy concreta de la soledad: alguien que ha encontrado un compañero que nunca le va a llevar la contraria, porque no existe.

Para la canción, ese personaje era perfecto por dos motivos. El primero, que es reconocible al instante para quien conozca la serie, y mucha gente de mi generación la ha visto. El segundo, que es ridículo y triste a la vez, que era exactamente el tono que buscaba. Nadie se pone solemne pensando en él. Pero si te paras un segundo, da un poco de pena.

La primera línea de la canción es una profecía. No empieza contando qué ha pasado, sino adónde va a llevar lo que ha pasado. Es una decisión de orden: el desenlace va primero. Quien escucha sabe desde el principio cómo acaba esto, y el resto de la canción explica por qué.

El remate del bloque es una exclamación aislada, la única de toda la letra, con sus dos signos: el muñeco con el que voy a terminar casado. Lo escribí así, entre signos de admiración y en su propio renglón, porque tenía que sonar como el golpe final de un chiste. Primero la frase larga y luego la palabra que la remata.

Morir y volver

El estribillo no se queda en el profesor. Tiene un segundo pareado que sube la apuesta: el protagonista asegura haber muerto más veces que el niño más desgraciado de la serie. Kenny es el niño de la capucha naranja que en los primeros años palmaba en casi cada capítulo y volvía, sin explicación, en el siguiente. Lo que me interesaba de él no era la muerte, sino la vuelta. Esa resurrección automática, cómica, de quien se lleva un disgusto detrás de otro y al día siguiente está otra vez frente al portátil como si nada.

Tres fotogramas en blanco y negro del videoclip de «El señor Garrison»: dos chicos en el vagón de una montaña rusa, un bailarín con camisa blanca abierta en una sala con humo y un hombre sentado en la playa con la cabeza entre las manos

Y justo después llega la línea que cierra el estribillo, la que lo devuelve al presente: aun así, sigo poniendo a prueba a mi pareja con un programa de ordenador. El «aun así» es la bisagra. Ya he sufrido muchas veces, ya sé cómo acaba, y lo vuelvo a hacer.

Un nombre de programa en una canción

Esa última línea del estribillo nombra un programa real: BlueStacks, un emulador que permite usar aplicaciones de móvil desde el ordenador. Fue una decisión que me pensé. Meter el nombre de un software en una letra de amor suena raro, casi antipoético. Pero precisamente por eso funcionaba.

Los celos de antes se contaban con camisas que olían a otro perfume o con una agenda olvidada encima de la mesa. Los de ahora tienen otra pinta: alguien que sabe demasiado de tecnología y tiene demasiado tiempo libre. Nombrar el programa ancla la canción en ese presente. No es un celoso cualquiera: es uno con conocimientos técnicos, que sabe instalar cosas y que usa ese saber para lo peor.

Además, la palabra tiene un sonido que me gustaba al final del verso. Rima en asonante con South Park: las dos acaban en una «a» tónica seguida de consonantes duras. Es una rima de dibujos y ordenadores, de dos mundos en inglés metidos en una frase en castellano.

Cuatro preguntas seguidas

Después del primer estribillo, la canción cambia de modo. Deja de afirmar y empieza a preguntar. Son cuatro preguntas seguidas, cada una en su bloque, separadas por silencios:

¿Y quién diablos me manda abrir el ordenador?

Esta es, creo, la línea más sincera que he escrito sobre los celos, y lo dije así en el diario. Es la pregunta que uno se hace a sí mismo a las tantas de la noche, cuando ya ha encontrado lo que buscaba y se arrepiente de haberlo buscado.

Las tres siguientes van en la misma dirección. La segunda es casi una excusa: qué culpa tengo yo de saber programar bien. La tercera repite la fórmula de la primera, «quién diablos me manda», pero ahora con un tecnicismo, saber de enrutación. Y la cuarta es la más larga, partida en dos renglones, y es la que más me hace reír: por qué estoy poniendo a prueba a mi novio en lugar de tumbarme a ver una película sangrienta en el cuarto.

La decisión aquí fue no contestar ninguna. Las cuatro preguntas son retóricas, y la canción las deja caer una tras otra sin respuesta. Así suena la cabeza en ese estado: preguntas que se encadenan y no llevan a ninguna parte. Una respuesta habría cerrado el bucle, y lo que yo quería era dejarlo abierto.

La rima que hace de esqueleto

Esas cuatro preguntas están cosidas por rimas muy marcadas. Ordenador con programador. Enrutación con habitación. Son rimas consonantes, completas, de las que se oyen a la legua. Las elegí así a propósito. Una rima tan evidente tiene algo de canción infantil, de coplilla de patio, y eso le quita solemnidad al asunto. Si las rimas fueran sutiles, la canción se pondría seria. Con estas, se pone a bailar.

La segunda estrofa sigue el mismo sistema con otras parejas: masoquista con pesimista, mío con tío, y al final reunir con Parchís, que no es rima perfecta pero suena a ella porque las dos acaban en una «i» acentuada. Ese último emparejamiento es el más forzado de la canción, y lo prefiero así, porque coincide con el chiste final.

La peli gore como alternativa

Me detengo un momento en la cuarta pregunta, porque es una pequeña declaración de gustos. El protagonista no se plantea, como alternativa sana, salir a pasear o llamar a una amiga. Se plantea ver una película gore en su cuarto. Para él, eso sería lo tranquilo. Lo normal.

Foto de Mike Sain't Louis de cuerpo entero con abrigo negro y vaqueros sobre papeles rasgados de colores, junto a la pregunta «¿Y quién diablos me manda abrir el ordenador?»

Es un detalle que dice mucho del personaje y que me hacía gracia. Las películas de miedo salen a menudo en mi catálogo, por ejemplo en «Como en la matanza de Texas», donde una regla de las películas de miedo sirve para hablar de otra cosa. Aquí el gore es el refugio, el sitio donde uno está a salvo. Lo que da miedo de verdad es lo que hay en el ordenador.

La segunda estrofa: diagnóstico y descubrimiento

La segunda estrofa empieza con otra pregunta, la quinta de la canción, que esta vez el protagonista se hace a sí mismo sobre su carácter:

¿Acaso es que tal vez soy masoquista?

Y lo que sigue no es una respuesta, sino otra opción: que quizá simplemente disfruta viéndolo todo negro. La canción plantea dos diagnósticos caseros y no elige ninguno. En el diario lo dije sin rodeos: no tengo respuesta y la canción tampoco la da. Creo que hay algo de las dos cosas en esa forma de vigilar. Uno busca la prueba del engaño porque teme el engaño, y cuando la encuentra siente, junto al dolor, una especie de alivio raro: ya lo sabía.

Después llega el único momento narrativo de toda la letra. Hasta aquí no ha pasado nada concreto; solo había sospechas y preguntas. De pronto, una escena: hoy he pillado a mi novio organizando una cita con otro tío. El verbo «cazar» es de detective, de documental de naturaleza. Y el «querido novio mío» que lo acompaña está dicho con mucha sorna, como se dice en una carta formal a alguien con quien estás muy enfadado.

El parchís

La estrofa termina con el chiste más casero de la canción. El protagonista está seguro de que esos dos no habían quedado para jugar al Parchís. No hace falta decir para qué habían quedado. El parchís lo dice todo sin decir nada.

Esta fue para mí la decisión más importante de la canción. Podría haber escrito algo explícito, y habría sido más fuerte, pero también más feo. El tablero de fichas de colores convierte la escena en un sainete. En el diario lo resumí así: contado llorando sería un drama; contado con fichas de colores, es un sainete, y el sainete se aguanta mejor. Ese tipo de ironía me parece muy de aquí, muy de cultura española y muy de cultura gay: la risa como manera de soportar algo que duele.

Un detalle de la letra que dejo tal cual, sin corregir: el verbo de ese verso está escrito «ibais», no «ibas» ni «iban». Es como se habla en la calle, no como se escribe en un examen, y así está en la letra publicada.

Un estribillo que vuelve cinco veces

Si cuentas, el bloque del estribillo, con sus seis renglones, aparece cinco veces en la letra publicada. Las estrofas, en cambio, solo una cada una. De los cuarenta y dos renglones con texto, treinta son estribillo. Solo hay dieciocho renglones distintos en toda la canción.

Y hay un detalle más que se nota en la página: las dos últimas vueltas del estribillo van pegadas, sin línea en blanco entre ellas. Todo lo anterior estaba separado por silencios; el final no. Es como si la canción perdiera la capacidad de respirar entre una vuelta y otra.

Fue intencionado. En el diario expliqué que la estructura tenía que ser un poco obsesiva, con el estribillo repetido una y otra vez al final, porque así funciona la cabeza cuando estás en ese bucle: la misma idea, la misma imagen, el mismo muñeco, en círculo, hasta que se acaba la canción o se acaba la batería. La forma de la letra imita el estado que describe. No hay salida, solo vuelta.

El mapa completo

Puesto en limpio, el orden de la canción es este. Estribillo. Cuatro preguntas. Estribillo. Una pregunta, una duda sobre uno mismo y la escena del descubrimiento con su parchís. Y luego tres estribillos más, cada vez más juntos. Es decir: toda la información nueva cabe en el primer tercio de la letra. Lo demás es insistencia.

Collage con la portada de «El señor Garrison», un muñeco de ventrílocuo con sombrero junto a un chico con gafas de aviador, y cuatro portadas vecinas como «Montaña rusa» y «Envejecer», con el verso «¿Acaso es que tal vez soy masoquista?»

Esa distribución la tenía clara antes de escribir las estrofas. Quería que el estribillo pesara más que la historia, porque el centro de la canción no es lo que pasa, sino lo que uno se dice a sí mismo una y otra vez después. La historia, en realidad, cabe en cuatro renglones: te he pillado, con un tío, y no era para el parchís. El resto es el eco.

También pensé mucho en dónde colocar la escena del descubrimiento. Podía haber abierto con ella, como hacen muchas canciones de despecho, que empiezan por el momento en que todo se rompe. Preferí esconderla en la segunda estrofa, después de todas las preguntas. Así, cuando llega, quien escucha ya conoce al personaje: sabe que es un poco paranoico, que se arrepiente de buscar, que se compara con un profesor de dibujos. Y cuando por fin encuentra algo, la sorpresa no es que su novio le engañe, sino que tenía razón. Esa es la parte más incómoda, y la canción la deja ahí, sin comentario, y se va directa al estribillo.

Por último, la duración de las preguntas. Las dos primeras ocupan un renglón cada una, o casi; la cuarta necesita dos. Van creciendo. Es un recurso pequeño, pero ayuda a que el bloque suene como algo que se acelera y se enreda, hasta que el estribillo lo corta de golpe con la profecía del muñeco.

El tono de la música

A la hora de producirla, lo que pedía a las herramientas era energía de canción cómica, algo ligero por fuera. Una base que no se pusiera trascendente, que pudiera sonar en una fiesta sin que nadie se diera cuenta de que la letra habla de un engaño. Ese contraste entre la ligereza de fuera y el bucle de dentro es lo que sostiene el chiste. Si la música hubiera sido triste, el muñeco habría dado pena de verdad. Con una música alegre, da risa, y la pena llega después, si llega.

Lo que no quise hacer

Hubo cosas que descarté desde el principio. La primera, convertir la canción en un manual. No pretendo que nadie aprenda nada de ella, y desde luego no a espiar a su pareja. Revisar el móvil de alguien o tenderle trampas digitales no está bien, y la canción lo sabe. Por eso el protagonista no sale como héroe.

La segunda, presentarlo como víctima pura. Tiene razón sobre su novio, sí, pero también está bastante mal: se pasa las noches poniéndole a prueba, se pregunta si es masoquista, se imagina casado con una marioneta. Esa ambigüedad me parecía más honesta que una canción de despecho donde uno es todo bondad y el otro todo maldad.

La tercera, nombrar a nadie. En la letra no hay ningún nombre real de persona. Los únicos nombres propios son de dibujos animados, de un programa de ordenador y de un juego de mesa. Es una canción de personajes, no un ajuste de cuentas.

Un vídeo que no enseña lo que nombra

Cuando miré el videoclip con calma, fotograma a fotograma, lo primero que me llamó la atención fue lo que no sale. No hay South Park, no hay ninguna marioneta, no hay ordenador ni pantalla, no hay tablero de parchís. Ninguna de las referencias de la letra aparece en imagen. El vídeo cuenta lo mismo con otro idioma.

Ficha de «El señor Garrison» con su portada del muñeco con sombrero, el primer disco y el puesto 182 de 273 en la lista de canciones

Empieza con un cartel teñido de rosa: el protagonista, con unas gafas de aviador, camiseta negra, delante de una barandilla, con el título en letra cursiva de neón y mi nombre debajo. Después, casi todo es en blanco y negro. Primeros planos de las gafas oscuras, un perfil en un balcón, un hombre con gorra y camiseta de tirantes, con los brazos tatuados, delante de unas casas blancas. Es una galería de miradas que no dejan ver los ojos.

Luego aparece la imagen que vertebra el vídeo: una montaña rusa. Dos chicos montados en un vagón, en blanco y negro, se ríen, se agarran, gritan. En varios momentos les estallan encima nubes blancas de humo y fuego, como si el vagón atravesara una explosión. Hacia la mitad, el vídeo pasa por fin al color: una vista desde detrás de los pasajeros, en una montaña rusa de raíles turquesa, con una columna de humo que se levanta delante y luego una llamarada naranja enorme al lado de la vía.

Mi lectura es que el clip traduce los celos a su metáfora más vieja, la montaña rusa emocional, y la lleva al extremo: el vagón sube, baja y atraviesa el fuego. En el catálogo hay de hecho una canción que se llama «Montaña rusa», aunque cuenta otra historia. Aquí la atracción de feria hace el trabajo que en la letra hacen los dibujos animados: decir algo serio con una imagen de diversión.

La playa del final

Entre las escenas de la montaña rusa, el vídeo vuelve una y otra vez a una playa vacía, en blanco y negro. Un hombre de espaldas, con las manos en la cabeza, al atardecer. Luego sentado en la arena, con la cabeza entre las manos, junto a las olas. En otro plano, un bailarín con camisa blanca abierta se mueve en una sala llena de humo, ante unas personas sentadas con sombreros blancos.

El vídeo termina ahí, en la playa: el mismo hombre tapándose la cara con las manos, con sombrillas y tumbonas vacías detrás, y otra vez el título en neón rosa. Si la letra acaba repitiendo el estribillo sin respirar, el vídeo acaba en una imagen quieta. Para mí es la versión visual de la profecía de la primera línea. Ahí está el que va a acabar solo. Sin muñeco, sin risas grabadas, solo con la arena.

Las etiquetas del vídeo

Tras la letra vienen casi un centenar de etiquetas. Muchas confirman lo que la canción da a entender sin decirlo: infidelidad, traición, novio infiel, cazando infidelidad, espionaje digital. Otras nombran las referencias: la serie, el profesor, la marioneta, el emulador, el parchís. Y otras marcan el tono que buscaba: humor negro, comedia negra, canción satírica, drama y comedia. Me gusta especialmente una que dice «canciones para reír». Es la que mejor resume la intención.

Dónde la puse

Dentro del catálogo, «El señor Garrison» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco, y ocupa el puesto 182 en el listado de las 273 canciones.

Dentro del planeta comparte barrio con otras canciones de sospechas. «Envejecer» cuenta un golpe parecido desde la tristeza más desnuda, sin un solo chiste: en el diario dije que eran la misma herida con distinta ropa. «Mi último ex era una IA disfrazada» también se pregunta qué era exactamente aquella pareja, aunque allí la sospecha apunta a la máquina y no a la pantalla. «No quiero otro novio cojín» es primo del muñeco del estribillo: otra pareja sin piel ni huesos. Y si el ordenador te parece el verdadero protagonista, en «Discutiendo con la IA» la tecnología deja de ser herramienta de vigilancia y pasa a ser alguien con quien pelearse.

El vídeo entero está en su rincón de Planeta Gayfolk, y la letra completa, con todas sus vueltas, en la sección de letras. Si te apetece tenerla, puedes escucharla y bajártela gratis desde mi página de descargas: ni registro ni pago.

Yo la pondría una noche en la que te pique la curiosidad por mirar lo que no debes. Antes de abrir el portátil, escucha cinco veces el estribillo. Quizá te quiten las ganas, o al menos te rías un poco de ti mismo antes de hacerlo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El señor Garrison»? De alguien que, en lugar de ver una película tranquilamente, se pasa las noches poniendo a prueba a su novio con sus conocimientos de informática, hasta que le pilla preparando una quedada con otro. El estribillo profetiza que acabará solo, como el profesor de South Park con su marioneta.

¿Quién es el señor Garrison? El profesor de los niños protagonistas de la serie de animación South Park. En los primeros años casi siempre aparece con una marioneta, el señor Sombrero, con la que habla como si fuera una persona.

¿Qué es BlueStacks y por qué sale en la letra? Es un programa que permite usar aplicaciones de móvil en un ordenador. Su nombre ancla los celos de la canción en el presente: el protagonista no huele camisas, sino que usa sus conocimientos técnicos para vigilar.

¿Por qué se repite tanto el estribillo? Porque la canción imita un bucle obsesivo. El estribillo vuelve cinco veces y las dos últimas van pegadas, sin pausa, como una idea que no deja de dar vueltas.

¿Qué se ve en el videoclip? Casi todo es en blanco y negro: primeros planos de un chico con gafas de aviador, dos chicos en una montaña rusa entre explosiones de humo y fuego, y un hombre solo en una playa con la cabeza entre las manos. Hacia la mitad pasa al color, con una montaña rusa de raíles turquesa junto a una gran llamarada.

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