
Por Mike Sain't Louis ·
Mis primeros tropiezos con la IA
Cuando la gente ve que he publicado 273 singles en unos dos años, a veces se imagina que todo fue rodado desde el primer día. Que llegué, apreté un botón y empezaron a salir canciones como churros. Me hace gracia, porque mis comienzos con estas herramientas se parecen más a los de alguien que intenta montar un mueble sueco sin instrucciones y le sobran seis tornillos.
Quiero contar algunos de esos tropiezos. No para dar pena, sino porque creo que se aprende más de lo que salió mal que de la versión heroica.
Pensar que la máquina sabía lo que yo quería
El primer error fue de actitud. Pensé que, si le daba a la herramienta una buena letra, me devolvería la canción que yo tenía en la cabeza. Como si leyera la mente.
No funciona así. La máquina no sabe que una frase es un chiste. No sabe que cierta palabra tiene que caer con retintín. Lee la letra y hace algo con ella, a veces muy bonito, pero sin entender lo que yo quería decir. Las primeras veces me frustraba muchísimo, porque escuchaba el resultado y pensaba que la canción estaba «mal», cuando en realidad lo que estaba mal era mi forma de pedirla.
Tardé en entender que la herramienta necesita dirección. Que no basta con tener claro lo que quieres: hay que aprender a decirlo de forma que sirva. Eso es un oficio en sí mismo, y al principio yo no lo tenía.
Enamorarme de la primera versión
El segundo tropiezo fue más tonto. Me quedaba con lo primero que me gustaba.
Escuchaba una versión, me hacía ilusión, y ya está, esa era. Sin comparar. Sin dejarla reposar. Con el tiempo, al volver a escuchar algunas de aquellas decisiones, me di cuenta de que me había dejado llevar por la novedad. Lo que me emocionaba era que la canción existiera, no que fuera buena. Son dos emociones distintas que al principio se confunden.
Ahora desconfío bastante de mi primer entusiasmo. No del todo, porque a veces acierta. Pero le hago esperar un poco antes de darle la razón.
Escribir para la máquina
Este fue el peor, y me costó verlo.
Durante una temporada empecé a escribir letras pensando en lo que mejor le salía a la herramienta. Frases más simples, rimas más previsibles, estructuras que sabía que funcionaban. Las canciones salían más limpias. Y más sosas. Estaba adaptando mi forma de escribir a la máquina en lugar de hacer que la máquina se adaptara a mí.
Lo noté un día releyendo letras. Había algo que no sonaba a mí. Faltaba el retorcimiento, la frase que se pasa de larga porque tiene que contar algo, el título raro. Si escribo «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» es porque me apetece un título que nadie se espera, no porque sea cómodo de producir.
Desde entonces tengo una regla: la letra va primero, tal como la quiero, y luego ya veremos cómo se resuelve el resto. Si la herramienta tiene problemas con una frase, el problema lo resuelvo yo dirigiendo mejor, no recortando lo que quería decir. No siempre lo consigo. Pero ya no escribo para agradar a un programa.
Otro tropiezo, más silencioso. Cuando una herramienta te permite hacer mucho, es fácil creer que estás avanzando porque haces mucho. Yo caí. Durante un tiempo medía mis días por canciones terminadas, como quien cuenta pasos en el móvil.
La cantidad tiene su valor, no lo niego. Publicar mucho me ha enseñado más que esperar al disco perfecto. Pero hubo momentos en que me di cuenta de que estaba produciendo por inercia. Canciones correctas que no me importaban demasiado. Aprendí a parar y a preguntarme si aquello lo necesitaba alguien, empezando por mí.
La señal que me avisaba era muy simple, y tardé en hacerle caso. Cuando terminaba una canción y no tenía ganas de enseñársela a nadie, algo fallaba. Con las que me importan me pasa lo contrario: me cuesta esperar a que salgan. Esa impaciencia es mejor termómetro que cualquier contador de canciones terminadas.
No saber explicarlo
Hubo un tropiezo que no tuvo nada que ver con la música. Fue la forma de contarlo.
Al principio, cuando alguien me preguntaba cómo hacía las canciones, me liaba. Decía cosas a medias, o demasiado técnicas, o demasiado vagas. Y de ahí salían malentendidos: gente que pensaba que yo cantaba, o gente que pensaba que la máquina lo hacía todo y yo solo le daba al botón. Ninguna de las dos cosas era verdad.
Tardé en encontrar una forma sencilla. Ahora la tengo: escribo todas las letras, la música la produzco con Suno dirigiéndola yo, decido qué se queda y qué se tira, y dirijo los videoclips. No canto. Me presento como el primer cantautor IA porque es una etiqueta corta que dice cómo trabajo, aunque haga falta explicarla.
No me arrepiento de ninguno de estos tropiezos. Bueno, quizá del de escribir para la máquina, que me duró más de lo que me gustaría admitir. Pero todos me enseñaron algo que no habría aprendido leyendo.
Lo curioso es que sigo tropezando. Con otras cosas, más pequeñas. Las herramientas cambian, yo cambio, y cada cambio trae su torpeza nueva. Me he resignado a ello. Supongo que el día que deje de tropezar será porque he dejado de probar cosas, y eso sí que me preocuparía.
Si quieres juzgar el resultado de tanto tropiezo, las canciones están en mikesaintlouis.com.