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Lo que he dejado de hacer para poder crear

Se habla mucho de las rutinas de la gente que crea. A qué hora se levantan, qué desayunan, cuántas páginas escriben antes de comer. Tengo la impresión de que mi trabajo ha cambiado más por lo que he dejado de hacer que por lo que hago. Es una lista menos fotogénica. Nadie enseña en redes la cantidad de cosas que ha soltado por el camino. Pero si alguien me preguntara cómo se llega en dos años a 273 singles y a pasar de los 280 videoclips, le hablaría de renuncias antes que de disciplina.

Lo primero que dejé fue esperar a tener ganas. Durante mucho tiempo creí, como casi todo el mundo, que escribir dependía de un estado de ánimo especial, una especie de visita que llegaba cuando quería. Si no llegaba, no escribía. Con ese sistema habría terminado tres canciones, y probablemente tristes. Ahora me siento a escribir aunque no me apetezca, y descubro con cierta irritación que las letras salen igual. A veces peor, a veces mejor. La diferencia entre un día inspirado y un día normal es mucho menor de lo que me habría gustado creer.

También dejé de pulir hasta el infinito. Tenía la costumbre de volver a una letra una y otra vez, cambiando una palabra, devolviéndola a su sitio, cambiándola de nuevo. Eso no era corregir. Era tener miedo con buenos modales. Hoy le doy a cada canción el tiempo que necesita y no el que mi inseguridad le pediría. Cuando una letra dice lo que tiene que decir y suena como tiene que sonar, la suelto. Si dentro de un tiempo me parece mejorable, escribiré otra. El catálogo es largo precisamente para eso.

Dejé de mirar los números a todas horas. Esta renuncia me costó más de lo que pensaba, porque las plataformas están diseñadas para que mires. Cada visita, cada reproducción, cada comentario tiene su pequeño premio químico. El problema es que, cuando pasas el día pendiente de cómo le va a lo que ya está publicado, no te queda cabeza para lo que todavía no existe. Ahora reviso de vez en cuando, como quien mira el buzón, y el resto del tiempo procuro que la canción que tengo entre manos me importe más que la de la semana pasada.

Dejé de pedir permiso. No a nadie en concreto, sino a una especie de tribunal imaginario que siempre tenía algo que objetar. Que si un título era demasiado largo, que si una canción sobre una dieta de cucuruchos era poco seria, que si el humor camp iba a parecer frívolo, que si hacer música con inteligencia artificial me iba a quitar credibilidad. Ese tribunal no paga mis facturas ni escucha mis canciones. Lo despedí. Sigue mandando cartas de vez en cuando, pero ya no las abro con la misma prisa.

Dejé de intentar que cada canción lo contara todo. Al principio quería que cada letra fuera definitiva sobre su tema, que una canción sobre un exnovio dijera la última palabra sobre los exnovios. Eso hace las letras pesadas y te paraliza, porque nunca está a la altura. Ahora pienso que una canción puede ser pequeña, contar un detalle, una tarde, una manía, y que el conjunto ya se encargará de decir lo grande. Para eso existe una trilogía como GAYFOLK, que funciona como un relato en tres partes y deja que cada canción haga solo su parte.

Dejé de separar tanto lo serio de lo gracioso. Durante un tiempo tenía dos cajones mentales: las canciones de reír y las canciones de verdad. Era una división falsa que me obligaba a escoger tono antes de saber qué quería decir. Ahora dejo que una letra empiece en broma y termine en otro sitio, o que una tristeza tenga su chiste dentro. La copla siempre hizo eso, y el pop queer también. Yo tardé en darme cuenta de que podía hacerlo sin pedir disculpas.

Dejé de esperar a que alguien me diera estructura. No hay discográfica detrás de mí más que la mía, MIKE SAIN'T LOUIS, que es un sello de una sola persona. Durante un tiempo eso me parecía una carencia, como si me faltara alguien que me pusiera fechas, que me dijera qué publicar y cuándo. Ahora lo veo de otro modo. Nadie va a venir a organizarme, así que me organizo yo. Lo hago de forma imperfecta, con mis manías, pero lo hago. La web nueva, con su buscador, su abecedario de letras y su página para cada canción, es también una forma de ponerme orden a mí mismo.

Dejé de explicar tanto. Hubo una época en que cada vez que publicaba algo sentía la necesidad de justificarlo: por qué esta canción, por qué este título, por qué así. Las explicaciones largas suelen ser una manera de pedir aprobación por adelantado. Ahora digo lo justo. Cuento cómo trabajo, digo con claridad que escribo todas las letras y que produzco la música con inteligencia artificial, que dirijo y elijo, y dejo que las canciones hagan el resto. Si alguien quiere saber más, para eso está el blog.

Hay renuncias que todavía no he completado. Sigo comparándome con otros más de lo que me conviene. Sigo dudando de algunas canciones el día antes de publicarlas. Sigo teniendo épocas en que me pongo a reorganizar carpetas en lugar de escribir, que es una forma muy elegante de no hacer nada. No me castigo por eso. Dejar de hacer algo es un proceso con recaídas, como dejar el azúcar o dejar de contestar a un ex a las tantas.

Lo curioso es que ninguna de estas renuncias me ha quitado nada que echara de menos. Ni la espera de la inspiración, ni el pulido infinito, ni el tribunal imaginario. Me han dejado más tiempo y más ligereza. Me gustaría poder decir que lo planeé así, pero sería mentira. Fui soltando cosas porque me pesaban, y al soltarlas descubrí que podía caminar más deprisa.

No sé qué será lo próximo que deje. Sospecho que tiene que ver con la necesidad de que todo quede bien ordenado, y que no me va a resultar fácil.

Todo lo que ha salido de estas renuncias está en mikesaintlouis.com.

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