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Lo que aprendí rehaciendo mi web

Rehacer una web propia se parece mucho a ordenar un trastero. Crees que vas a tardar una tarde, abres la puerta y te encuentras cajas que ni recordabas haber guardado. En mi caso, las cajas eran 273 singles, más de 280 videoclips, cientos de Shorts y todas las letras que he escrito en dos años. Todo eso tenía que caber en mikesaintlouis.com sin que el visitante se perdiera.

No voy a contar cuánto tiempo me llevó ni cuánta gente entra, porque no es eso lo que me interesa. Me interesa lo que entendí por el camino, que fue bastante más de lo que esperaba.

La letra tiene que estar en casa

La primera decisión fue la más clara. Cada canción tiene su página, y en esa página está la letra completa. No un fragmento, no un enlace a otro sitio que quizá mañana cierre. La letra entera, en mi web.

Durante mucho tiempo di por hecho que las letras ya estaban por ahí, en las plataformas o en páginas que las recopilan. Y sí, a veces están. Pero a menudo están mal copiadas, cortadas o con algún verso cambiado. Cuando escribes tú todas las letras, eso duele un poco. Es como ver tu nombre mal escrito en un cartel.

Así que ahora las letras tienen su propia sección, ordenadas alfabéticamente, en mikesaintlouis.com/letras. Si quieres saber qué dice exactamente «La dieta del cucurucho», está ahí, al lado del videoclip y del enlace a Spotify. Aprendí que lo que no guardas tú, nadie te lo guarda con el mismo cuidado.

La segunda lección tiene que ver con los regalos. Doy mi música gratis: la trilogía GAYFOLK en un ZIP por disco y los 273 singles uno a uno, sin registro, sin pedir correo. Eso ya lo hacía antes. Lo que cuidé esta vez es dónde ocurre.

En muchas webs de músicos, para descargar algo acabas saltando a otro servicio, con otra interfaz, otro diseño y a veces algún anuncio. Ese salto rompe algo. La persona estaba en tu casa, escuchando tu música, leyendo tus letras, y de repente la mandas a la calle para recoger el paquete.

Ahora todo pasa en mikesaintlouis.com/descargas y en mikesaintlouis.com/descargas/singles. Pulsas y te lo llevas. Parece un detalle técnico pequeño y para mí cambió la sensación entera. Regalar algo y obligar a la gente a hacer cola para recogerlo no es del todo regalar.

Tengo una duda que no he resuelto. Al no pedir nada a cambio, no sé quién se lleva los discos. No tengo lista de correo ni datos de nadie. Algunos días me parece una tontería comercial. La mayoría de los días me parece lo correcto. Me quedo con lo segundo, aunque sé que es una apuesta.

Una página para lo pequeño

Los Shorts fueron el gran problema. Tengo cientos de vídeos cortos repartidos por las redes, y fuera de su sitio natural se pierden enseguida. Un vídeo de quince segundos que funcionó muy bien hace meses se hunde bajo los nuevos en cuestión de días. Mucha gente me conoció por ahí, por «Tan Cateto» en TikTok, y luego no tenía forma de volver a ver los clips sin bajar y bajar durante media hora.

Así que les hice una página propia, mikesaintlouis.com/shorts. Ahí están todos, quietos, sin algoritmo que decida cuál toca hoy. Lo que aprendí con esto es que lo breve también merece archivo. A veces tratamos los vídeos cortos como algo de usar y tirar, y luego resulta que son la puerta por la que entró casi todo el mundo.

Junto a eso está mikesaintlouis.com/videos, con los videoclips largos y, junto a cada uno, los enlaces para escucharlo en Spotify, Deezer, Tidal, Amazon Music o YouTube Music. Dos páginas distintas porque son dos cosas distintas. Mezclarlas habría sido más rápido, pero peor.

El blog, canción a canción

La parte que más trabajo me dio, y la que más me gusta ahora, es el blog. Además de artículos como este, hay una entrada para cada single, con la historia de cada canción. Escribirlas me obligó a mirar mi propio catálogo de una forma que no esperaba.

Cuando sacas tanta música, cada canción vive unos días en primer plano y luego pasa al fondo. Volver a cada una para contar de dónde salió fue como releer cartas antiguas. Algunas me hicieron gracia. Otras me dieron un poco de vergüenza. Ninguna me dejó indiferente, y eso ya dice algo.

Aprendí también que una web no es un escaparate. Si fuera un escaparate, bastaría con una foto bonita y un botón. Una web de artista se parece más a una biblioteca de barrio: tiene que estar ordenada, tiene que tener buscador y tiene que dejar que la gente se quede leyendo sin prisa. Por eso hay buscador, sección de prensa y preguntas frecuentes. Nada de eso luce en una captura. Todo eso se nota cuando alguien busca algo concreto y lo encuentra.

Hice además la web en español y en inglés. Escribo en español y no voy a cambiar eso, pero quien llega desde fuera merece al menos entender dónde está y qué puede llevarse.

Hay cosas que todavía no me convencen. Hay textos que reescribiría y secciones que ordenaría de otra forma. Supongo que una web propia nunca está terminada del todo, igual que un trastero nunca está ordenado más de una semana.

Lo que sí tengo claro es la idea de fondo: quiero que todo lo mío esté en un sitio que sea mío. Las redes cambian sus reglas cuando quieren. Las plataformas deciden qué se ve y qué no. En mi web decido yo dónde va cada canción, cada letra y cada vídeo. Esa tranquilidad vale el trabajo.

Todo está en mikesaintlouis.com, con las puertas abiertas.

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