
Por Mike Sain't Louis ·
La hora que nos devuelven: el cambio de hora y el oficio de cantautor IA
Esta madrugada, a las tres, los relojes de España decidieron que eran las dos. Pasa cada último domingo de octubre y cada año me pilla igual de desprevenido, aunque lo sepa de memoria. El móvil se ajusta solo, el horno no, y el reloj de la cocina se queda una semana viviendo en verano, como esa amiga que se niega a guardar las sandalias. Durante unos días convivo con dos horas distintas en la misma casa y tengo que hacer la cuenta cada vez que miro la pared.
Pero lo que de verdad me interesa del cambio de hora no es el lío doméstico. Es esa sensación rara de que alguien te regala sesenta minutos. Nadie te los reclama hasta marzo, y durante una noche tienes la impresión de que el tiempo, por una vez, se ha portado bien contigo. Así que este domingo me he puesto a pensar en qué significa el tiempo para alguien que hace lo que hago yo. Porque me presento como el primer cantautor IA, y mucha gente da por hecho que eso consiste, precisamente, en no tener que gastar tiempo.
El malentendido de la rapidez
Lo entiendo. Desde fuera parece un truco de magia. Escribes una letra, la llevas a una herramienta como Suno, eliges un estilo y, en un par de minutos, tienes una canción entera, con su arreglo, su interpretación vocal y su final. Si lo comparas con lo que costaba hace unos años grabar una maqueta, alquilar un estudio o convencer a alguien de que tocara la guitarra un sábado por la mañana, la diferencia es abismal.
Y es verdad que generar una canción es rápido. Lo que no es rápido es todo lo demás. La generación es el tramo más corto del camino, el equivalente a meter una tarta en el horno. Lo largo es pensar qué tarta, ir a por los ingredientes, equivocarse con el azúcar, volver a empezar y, al final, decidir si eso que ha salido merece que alguien se lo coma.
La máquina tarda minutos. Yo tardo lo que tardo. Y en esa diferencia está, creo, todo lo que hace que una canción sea mía.
Una letra va a la velocidad de una persona
Escribo todas mis letras, y escribir una letra que funcione sigue costando lo mismo que le ha costado siempre a cualquiera que escribe. No hay atajo. Puedo tener una idea en el metro en diez segundos y tardar días en encontrarle la forma. A veces sale de golpe, casi entera, y otras veces tengo un estribillo que me encanta y dos estrofas que no están a su altura, y ahí se quedan, esperando, hasta que un día aparece la frase que faltaba.
Reescribir es la parte del oficio que menos se ve y la que más horas se come. Cambiar una palabra porque suena bien pero no dice nada. Quitar un verso que me hacía gracia a mí y a nadie más. Darme cuenta, al leer la letra en voz alta, de que hay una rima tan obvia que quien escucha la adivina antes de que llegue, y que eso, en una canción de humor, es casi un delito. El chiste necesita sorpresa, y la sorpresa necesita trabajo.
Con las letras más explícitas pasa algo curioso. Parece que deberían ser las más fáciles, porque basta con decir las cosas claras. Pero lo difícil de una letra guarra no es que sea guarra, es que tenga gracia, que el doble sentido funcione en los dos sentidos y que debajo del descaro haya algo que se reconozca. Eso no lo genera nadie por mí. Eso lo pulo yo, a veces durante noches enteras, hasta que el verso dice exactamente lo que quiere decir y ni una sílaba más.
Elegir también es escribir
Cuando la letra está lista empieza otro tipo de tiempo, que es el de escuchar. Una misma letra puede dar lugar a muchas versiones distintas. Cambia el tempo, cambia el carácter, cambia cómo se reparte el texto sobre la melodía. Hay versiones que respetan la letra y la traicionan al mismo tiempo, porque cargan el acento donde no toca y un chiste se convierte en una frase triste. Hay versiones preciosas que no son la canción. Y, de vez en cuando, hay una que sí lo es.
Encontrarla requiere algo que ninguna herramienta puede hacer por mí: escuchar con atención, una y otra vez. La primera vez con ilusión, la segunda con desconfianza y la tercera con auriculares, a otra hora y con otra cabeza. Hay versiones que me enamoran por la noche y que por la mañana me parecen de otra persona. Por eso he aprendido a no decidir nunca en caliente.
Como letrista, compositor y productor, mi trabajo en esta fase se parece más al de un editor que al de un inventor. Comparo, vuelvo atrás, retoco la letra porque una versión me ha enseñado que un verso sobraba. Esa conversación entre la letra y la música es lenta, y tiene que serlo. Si fuera rápida, todas mis canciones sonarían a la primera opción, y la primera opción casi nunca es la buena.
Luego llegan los videoclips, que son otro reloj aparte. Montar un vídeo es una de las actividades que más tiempo devoran en el mundo, y lo digo con cariño. Un corte medio segundo antes o después cambia el chiste. Un plano que dura demasiado convierte una escena divertida en una escena incómoda. Hay noches en que me siento a ajustar un detalle pequeño y, cuando levanto la vista, el cielo ya está clareando.
La máquina no tiene reloj, yo sí
Hay una idea que me ronda desde hace tiempo y que esta noche del cambio de hora me parece más clara que nunca. La herramienta con la que trabajo no tiene reloj. No se cansa, no se aburre, no tiene sueño, no sabe si son las cuatro de la tarde o las cuatro de la madrugada. Le da igual que sea el último domingo de octubre. Si le pido otra versión, me da otra versión, sin suspirar.
Yo, en cambio, llevo un reloj encima todo el tiempo. Tengo días buenos y días torpes. Tengo horas en que escribo con soltura y horas en que no me sale ni la lista de la compra. Me canso de escuchar la misma canción y, cuando me canso, ya no la oigo bien. Y precisamente por eso, creo, lo que hago tiene algo que contar. Las canciones salen de alguien que vive en el tiempo, que tiene ex, vecinas, resacas, inviernos y lunes. La máquina pone el sonido. El tiempo vivido lo pongo yo.
Me gusta pensar que en cada letra queda una marca de la hora en que se escribió. No literalmente, claro. Pero hay canciones que tienen la impaciencia de una tarde de verano y otras que tienen esa lucidez un poco peligrosa de la una de la madrugada, cuando todo parece buena idea. Eso no se programa. Se vive y luego se escribe.
También hay una ventaja práctica en tener un reloj que se cansa. El cansancio me obliga a parar, y parar me obliga a volver al día siguiente con oídos limpios. Muchas de las mejores decisiones que he tomado sobre una canción las tomé después de dormir, no antes. La máquina nunca necesita esa pausa. Yo sí, y esa pausa es, muchas veces, donde la canción mejora sin que yo haga nada.
Dos años para sacarlo todo
Publicar alrededor de 273 canciones me llevó unos dos años. Dicho así parece mucho y poco a la vez. Mucho, porque son muchas canciones. Poco, porque cuando lo cuento siempre hay quien hace la cuenta y piensa que la IA lo hizo todo deprisa. La verdad es que esos dos años estuvieron llenos de horas que no salen en ninguna parte: letras reescritas, versiones escuchadas hasta el cansancio, portadas, vídeos montados y desmontados, y esa pequeña ceremonia de decidir que algo ya está terminado.
Fue un tiempo intenso, y no lo cambiaría. Pero también me enseñó a mirar el tiempo de otra manera. Antes pensaba en las canciones como en cosas que se terminan. Ahora las pienso como cosas que se quedan. Están en Spotify y en Deezer, y también se pueden descargar gratis en mis webs, en gayfolkplanet.com y aquí. Eso significa que alguien puede descubrir hoy una canción que escribí hace mucho y escucharla como si fuera nueva. Para esa persona, la canción acaba de nacer. El tiempo de quien escucha no tiene nada que ver con el mío, y eso me parece de las cosas más bonitas de este oficio.
Ese desfase también me reconcilia con la lentitud. Si una canción va a seguir ahí dentro de años, merece las horas que le dedico ahora. No tengo prisa por ella. La prisa la tiene el mundo, que lo quiere todo para ayer. La canción puede esperar a que yo encuentre la palabra.
Qué haría con una hora más
Así que esta madrugada, con mi hora regalada en la mano, me he hecho la pregunta inevitable. ¿Qué haría con sesenta minutos más? Y me ha sorprendido lo poco romántica que es la respuesta. No escribiría una canción nueva. Al menos, no solo eso.
- Volvería a una de esas letras a medias que guardo porque tienen un estribillo bueno y unas estrofas flojas, y le daría una hora entera sin mirar el móvil.
- Escucharía otra vez, con calma y con auriculares, una canción que creo terminada, para comprobar si sigue diciendo lo que yo creía que decía.
- Revisaría un videoclip plano a plano, sin prisa, buscando ese corte que se me escapó.
- Leería en voz alta alguna letra antigua para recordar cómo escribía entonces y qué he aprendido desde que la escribí.
- Y dedicaría un rato a no hacer nada, que también es parte del trabajo, porque las mejores ideas suelen aparecer cuando dejo de perseguirlas.
Casi todo lo que haría con esa hora es volver. Volver a mirar, volver a escuchar, volver a escribir. Creo que eso dice mucho del oficio. Generar es avanzar, pero escribir bien es, casi siempre, regresar a lo que ya hiciste con ojos nuevos. Una hora extra no me sirve para producir más. Me sirve para hacerlo mejor.
El otoño y las horas largas
Ahora empieza la parte del año en que anochece pronto. A media tarde ya hay que encender la luz, y Madrid se vuelve más recogida, con esa luz anaranjada que dura poco y unas terrazas que aguantan con estufas como si nada. Mucha gente lleva mal este cambio. Yo lo llevo con cierta ilusión, porque el otoño siempre me ha parecido una estación de escribir. Las noches largas invitan a quedarse en casa, a sacar la libreta, a darle vueltas a una frase hasta que se rinde.
Hay noches en que escribo con la ventana a oscuras y la sensación de que el resto del mundo duerme. Son, a menudo, las noches en que salen las letras que más me importan. No porque la noche tenga nada mágico, sino porque es el único momento en que el tiempo deja de empujar. Nadie espera nada de mí a las dos de la madrugada. Ni siquiera yo.
Si alguna vez te has preguntado cómo se hace esto que hago, en el blog voy dejando pistas: textos sobre el miedo a publicar, sobre las canciones que se resisten, sobre dónde escribo. Este va de algo más sencillo y más difícil a la vez, que es el tiempo. La máquina me ahorra muchas horas, y se lo agradezco. Pero las horas que de verdad cuentan, las de pensar, dudar, reescribir y escuchar, siguen siendo mías. Y esas no me las devuelve nadie en octubre. Me las tengo que ganar cada noche.
Así que hoy, con el reloj atrasado y la tarde cayendo antes de lo previsto, voy a hacer lo de siempre. Abrir una letra a medias, leerla en voz alta y darle la hora que me han regalado. Si sale algo bueno, ya lo escucharás. Y si no, habrá sido una hora bien perdida, que es la mejor manera de perder una hora.