“Rayo de Luna” de Gustavo Adolfo Becquer

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Manrique era un joven noble y solitario que no se relacionaba con nadie. Se pasaba el día pensando y reflexionando sobre todo lo que le rodeaba, disfrutaba solo sin la compañía de nadie, no le gustaba estar con personas.
Una de sus grandes pasiones era pensar en mujeres y enamorarse de ellas como quien pestañea; puede ser porque una sea rubia, otra sea esbelta y otra tenga los labios rojos. Manrique era de esos hombres que sentía una debilidad por cada mujer que aparecía en su vida aunque no influyera en ella directamente.

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Un día de luna deslumbrante, Manrique decidió adentrarse en el profundo bosque oscuro que le rodeaba, con frondosas plantas trepadoras y grandes troncos de árboles que se iban acercando a su camino. Siguió andando hasta que una luz le sorprendió y le dejó sin aliento. Según él, una silueta de una luz cegadora estaba en medio de ese bosque a altas horas de la noche. Desde ese momento, Manrique se enamora de una manera alocada de esa supuesta mujer de quien ni siquiera vio la cara.

 

Manrique corrió detrás de esa mujer, estuvo tiempo y tiempo persiguiendo a quien sería para él el amor de su vida, la mujer con la que lo compartiría todo y que sería su alma gemela, pero por mucho que buscó, en todos los rincones, no consiguió encontrarla hasta que, siguiendo una luz que provenía de la ventana de una caserón de piedra, pensó que ese sería el hogar de esa misteriosa mujer por tener luz a esas horas. Esperó y esperó delante de la casa hasta que salió un escudero y le contó que ahí no vivía ninguna mujer, sino que en esa casa solo habitaba Alonso de Valdecuellos, un montero mayor del rey. Manrique, ante esta tal desilusión no dejó de buscarla hasta que decidió regresar al sitio donde la vio por primera vez, en el bosque.
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De nuevo, Manrique vio esa luz, la que le había enamorado y la que le había hecho recorrer mundo entero, la luz de esa mujer ahora estaba delante de él, tan elegante como lo había sido en la primera vez. El hombre de nuevo corrió hacia ella, hacia el supuesto vestido blanco que llevaba, hacia… nada. A Manrique se le cayó el mundo al suelo cuando empezó a reírse, a reírse de haber estado persiguiendo a un simple rayo de luna. No era ninguna mujer la que vio esa noche, sino la luz de la luna penetrando el frondoso bosque.

Desde ese momento, cada vez que le preguntaban por el amor, la gloria o el poder, siempre respondía que todo era nada más ni nada menos que un rayo de luna.

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